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En el programa de la visita oficial a Cuba del Jefe de Estado de un país amigo del Tercer Mundo, en 1960, se había previsto, para un domingo, un almuerzo y día de descanso en la playa de Jibacoa, unos 40 kilómetros al Este de La Habana, por invitación del Primer Ministro Fidel Castro.

Hacia allá se trasladó un día antes un funcionario de la Dirección de Protocolo que tenía la encomienda de preparar una casa cuyas llaves nos habían entregado los compañeros de la Marina de Guerra Revolucionaria, especialmente para la ocasión.

Ocurrió, sin embargo, que cuando temprano en la mañana del propio día de la actividad llegaron a Jibacoa otros funcionarios del Protocolo con los víveres, bebidas, vajillas, copas, cubiertos, y hasta los instrumentos musicales que se utilizarían en el ágape, encontraron que el compañero que había llegado el día anterior se había hecho sospechoso a los guarda fronteras de la playa y había sido arrestado, razón por la cual no estaba preparada la casa.

Como no lograron comunicarse con la Dirección en La Habana, tuvieron la feliz iniciativa de gestionar el arrendamiento de un local apropiado para fiestas en Santa Cruz del Norte, un pequeño poblado de pescadores algo más cercano de la capital pero también en la costa norte y en la misma ruta.

En plena autopista interceptaron a la caravana de autos cuando viajaba hacia Jibacoa, como antes lo habían hecho con el ómnibus que transportaba a los artistas.

Desde el poblado de Santa Cruz del Norte se logró comunicación con La Habana para informar al Primer Ministro acerca del cambio de sitio.

Todo parecía felizmente resuelto cuando comenzaron a servirse los daiquiris, mojitos y entremeses a los invitados y los músicos dejaron oír sus instrumentos.

Pero, media hora más tarde, Fidel no había llegado y temíamos que el Presidente comenzara a impacientarse.

Fue entonces cuando entró, por microondas, un mensaje del líder de la Revolución cubana.

Estaba concursando en el Torneo Ernest Hemingway de pesca de la aguja. Se disculpaba por el retraso. En algunos minutos más esperaba poder unirse a su invitado. Sugería que almorzaran sin aguardarlo. Transmití las disculpas al presidente pero mentí en cuanto a los motivos: – Graves problemas de gobierno han impedido al Primer Ministro estar aquí a tiempo, ya se dirige hacia acá.

Media hora más tarde, recibí nuevas instrucciones del Primer Ministro. Estaba ganando el concurso y, por ello, no podía abandonar la justa. Reiteraba su solicitud de disculpas y recomendaba que se sirviera el almuerzo sin esperarle.

– Parece que el primer Ministro ha tenido que convocar una reunión muy urgente del Gobierno, le pide que lo espere y le anuncia que no tardará, – fue el adulterado mensaje que le transmití.

Pasados otros treinta minutos, el alto dignatario extranjero no disimulaba ya su disgusto.

– Es que hay una situación muy tensa en las relaciones con los Estados Unidos y, seguramente, algún asunto grave se ha presentado – trataba de tranquilizarle.

El mandatario extranjero aceptó que se sirviera el almuerzo sin esperar más a su anfitrión, comió con naturalidad y aparentó disfrutar el espectáculo artístico. Pero al cabo del postre se levantó y pidió retirarse.

Mientras subía la comitiva a los automóviles, yo estaba convencido de que acababa de ser testigo de un grave incidente en las relaciones diplomáticas entre las dos naciones.

Pero menos de diez minutos después de que la caravana tomara por la espaciosa Vía Blanca rumbo a la capital, se detuvo abruptamente.

El automóvil en el que viajaba el Comandante en Jefe Fidel Castro, que transitaba en sentido opuesto, la había interceptado. Fidel abrió personalmente la puerta trasera izquierda del vehículo, penetró en él y ocupó el lugar que rápidamente le dejé libre junto al Presidente.

– ¿Ya le contaron que estaba compitiendo en el concurso de pesca Ernest Hemingway? No podía dejarlo porque estaba ganando. En definitiva obtuve el primer premio -, fue el saludo, feliz, del jefe de la Revolución.

– Sí, ya lo sabía. Me alegra mucho. Lo felicito. Estoy muy contento de que haya usted podido venir – dijo el Presidente extranjero.

Y se abrazaron sonrientes mientras que yo, actuando de traductor, sudaba copiosamente.

· Este escrito es el tercero de varios del mismo autor incluidos en el libro del periodista cubano Luis Báez “Así es Fidel”, de la Casa Editora Abril, La Habana, en diciembre de 2008.

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