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De la época cuando trabajé como Director General de Prensa Latina, guardo muchos recuerdos imborrables de contactos con el Jefe de la Revolución.

Se hizo una costumbre que, cuando llegaba a mí alguna información que yo estimaba debía ser de inmediato conocimiento de la alta dirección de la revolución, telefoneaba a Celia Sánchez, la inolvidable asistente de Fidel que se desempeñaba como Secretaria de la Presidencia y se la leía o comentaba.

En muchas ocasiones era Celia quien me llamaba para indagar sobre alguna noticia de la que ya había conocido por otros medios o que sabía que habría de producirse.

En algunas ocasiones, Fidel intervenía en la conversación para indagar algún dato adicional.

En varias ocasiones, Prensa Latina desempeñó un importante papel en la prestación de ayuda solidaria de Cuba a otros pueblos latinoamericanos. Esto ocurrió en una época cuando la mayor parte de los gobiernos del continente no tenía relaciones diplomáticas con Cuba, en servil cumplimiento de un mandato de Washington.

Recuerdo, sobre todo, cuando tuvo lugar en 1970 un terremoto de grandes proporciones en el Callejón de Huaylas, en Perú, muy bien cubierto informativamente por la corresponsalía de Prensa Latina en Lima, encabezada entonces por el periodista chileno Sergio Pineda. Cuando apenas se habían recibido las primeras noticias, recibí una llamada telefónica de Fidel indagando acerca de las características de las comunicaciones de la agencia con su corresponsalía en Lima. Le ofrecí los datos y unos minutos después me volvió a llamar para recabar mi opinión sobre el texto de un mensaje redactado por él que se proponía hacer llegar por medio de Prensa Latina al Presidente del Perú, General Juan Velasco Alvarado, con un ofrecimiento de ayuda médica cubana. Le pedí autorización para consultar también la opinión de otros miembros del equipo de dirección de la Agencia y, una vez hecha la consulta, le contesté que considerábamos que el mensaje era una hermosa expresión de la solidaridad latinoamericana y le sugerimos indicar la disposición cubana de llevar el llamado a la asistencia a Perú a la ONU.

A partir de ese momento tuve que mudarme prácticamente para mi oficina, en comunicación constante con Fidel y Celia, así como con la corresponsalía de Prensa Latina en Perú.

Las conversaciones telefónicas con Fidel, que se extendieron varios días y a cualquier hora del día, la noche o la madrugada, me permitieron dialogar con él acerca de muchas cuestiones que, a mi juicio, me desarrollaron como revolucionario y también como periodista.

Por aquellos días, era habitual que concluyera mi trabajo en avanzadas horas de la madrugada, tras reuniones informales que celebrábamos varios dirigentes de la prensa cubana en la oficina del Director del periódico Granma, Jorge Enrique Mendoza. Con mucha frecuencia participaba también la compañera Celia Sánchez.

Algunas veces llegaba Fidel, generalmente cuando Granma habría de publicar el texto completo de un discurso suyo captado por el Departamento de Versiones Taquigráficas del Gobierno Revolucionario que Fidel revisaba para evitar cualquier incongruencia en la trascripción, y a veces le hacía alguna corrección menor.

A mediados de 1970, año en el que el país se había propuesto lograr una zafra azucarera de 10 millones de toneladas, tuvo lugar el secuestro de un grupo de pescadores cubanos que provocó una enorme indignación en el pueblo y condujo a una confrontación diplomática con Estados Unidos que fue subiendo de tono cada vez más. Durante varios días, Celia nos telefoneaba al grupo de dirigentes de la prensa que éramos habituales en las noches de Granma para pedirnos que fuéramos a la oficina de Mendoza a una hora determinada de cada noche para reunirnos con Fidel.

De esa manera, reunidos con Fidel no menos de dos o tres horas cada noche durante casi una semana, todos habíamos participado en la toma de las decisiones de Fidel en todo lo relacionado con el secuestro de los pescadores cuando se llevó a cabo el acto político de recibimiento de los pescadores cuya celebración tendría lugar frente a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana.

Por ese motivo me permití el lujo de no permanecer en mi oficina durante el acto en el que Fidel formularía un discurso cuyo contenido yo estaba seguro de conocer de antemano. Tampoco quise irme a la tribuna del acto, sino preferí mezclarme con el público para valorar mejor las emociones populares.

Pero ocurrió que, ya llegando al final de su discurso, Fidel se apartó de la orientación que llevaban sus palabras, para anunciar que no se habrían de llegar a producir los 10 millones de toneladas de azúcar que eran la meta en la que el propio Fidel y todo el pueblo habían comprometido su honor y su vergüenza.

Esa declaración provocó consternación en todo el pueblo cubano y particularmente pude constatar la amargura y desolación que cundió en el público presente en el acto. Vi cientos de personas de todas las edades, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, llorar desconsoladamente y una expresión parecía salir de cada boca: ¡Pobre Fidel!, ¡Pobre Fidel!, ¡Pobre Fidel!

Me abrí paso como pude entre la multitud y corriendo llegué a mi oficina en Prensa Latina, justo a tiempo para atender a una llamada telefónica de Celia invitándome a ir enseguida a Granma.

Cuando llegué a la oficina de Mendoza, ya estaban Celia y algunos compañeros allí. Otros llegaron enseguida. Todos acongojados.

Fidel llegó unos quince minutos más tarde y todos nos pusimos de pie, en silencio absoluto.

Nos pidió que nos sentáramos y, en medio de un mutismo que aprecié conmovedor, Fidel dio varias vueltas alrededor de la gran mesa redonda donde nos reuníamos tantas veces, hasta que se detuvo y cuando todavía retumbaban en mis oídos las expresiones de tanta gente en el Malecón, pronunció: ¡Pobre pueblo este!

· Este escrito es el quinto y último del mismo autor incluidos en el libro del periodista cubano Luis Báez “Así es Fidel”, de la Casa Editora Abril, La Habana, diciembre de 2008.

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