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A cincuenta años de que la Columna “José Martí” del Ejército Rebelde encabezada por Fidel Castro recorriera la isla de Oriente a Occidente proclamando la victoria popular sobre la tiranía, la “Caravana de la Libertad”, reeditó entre el primero y el ocho de enero de 2009, como cada año, aquella marcha jubilosa de los cubanos.

En las provincias por donde atravesó, la Caravana nutrió sus filas con jóvenes estudiantes y pequeños niños y niñas de esos territorios, vestidos de verde olivo, algunos con barbas postizas y pelucas, seleccionados por sus colegas en las escuelas para representar a los combatientes que acompañaron al líder de la revolución.

En cada lugar donde la Caravana original había hecho un alto para celebrar un acto político, se reproducía el hecho con los actuales jóvenes dirigentes comunistas locales como oradores. Ellos, por lo general, hacían balance de los éxitos alcanzados desde el triunfo de la revolución y los nuevos objetivos actuales de la revolución en sus provincias. Artistas aficionados y de profesión de las localidades contribuían al júbilo popular que, si antes se basaba en una esperanza, hoy expresa la decisión de mantener la ruta revolucionaria socialista.

Por el carácter repetitivo de este evento, la amplitud de la muestra y su incuestionable espontaneidad, muchos observadores consideran que la medida del entusiasmo popular que saluda el paso de la Caravana de la Libertad sirve de termómetro del nivel de adhesión popular al proyecto revolucionario cubano.

Como en otras ocasiones, fui invitado a participar en la Caravana de la Libertad en la provincia de Matanzas porque, siendo dirigente clandestino del Movimiento 26 de Julio en esa región, me tocó recibirla en enero de 1959. Por ello, puedo dar fe de que las muestras de apoyo a la revolución que se apreciaban en esta ocasión no tenían nada que envidiar a las que, movidas por la esperanza, se percibían entonces.

Por eso, me resultó muy reconfortante el entusiasmo popular que aprecié en Matanzas y el conocimiento, por testimonios de varios colegas que tuvieron una experiencia similar en otras provincias, que esa emoción se expresó a lo largo de todo el país.

Pero, más allá del análogo entusiasmo, hay algo que marca una notable diferencia entre aquellas masas populares que vitorearon a la Caravana de la Libertad en 2009 y las que lo hicieron en 1959: el nivel educacional y cultural más elevado, la madurez política y el grado de integración social entre mujeres y hombres, negros y blancos, gentes de diferentes ocupaciones.

Entre los jóvenes que saludaron este año a la Caravana de la Libertad en su recorrido por el territorio nacional, no había analfabeto alguno. Sí había cientos de millares de profesionales de la medicina, la docencia, la ingeniería, las ciencias, el arte y otras especialidades de nivel universitario. Algo impensable antes.

Entre los niños, no había uno solo sin escuela o con hambre.

La Caravana de la Libertad 2009 reafirmó, de paso, que existe una sólida garantía de continuidad del proyecto socialista con la participación de cientos de jóvenes dirigentes revolucionarios que dieron muestras de que no faltan en el terreno de la conducción política cuadros vigorosos y capaces, muchachas y muchachos que ya son mucho más que una reserva.

Ahora se puede apreciar a un pueblo culto, saludable y unido al que no lo mueven promesas porque se sabe dueño de su país y que sus inteligencias constituyen el principal recurso y la garantía prima del presente y el futuro de su nación en este mundo globalizado donde el conocimiento es la única divisa segura.

En esta ocasión, la Caravana fue recibida en la Capital por el presidente Raúl Castro, símbolo de la continuidad de la Revolución cubana, en presencia del presidente del Ecuador, Rafael Correa, imagen de un momento histórico diametralmente distinto al que vivía América Latina hace medio siglo. Próxima ya la toma de posesión del recién electo presidente Barak Obama en los Estados Unidos, el hecho cobró inusitada actualidad en discursos y conversaciones.

La nueva América Latina que ya late y la repudiada hegemonía imperial estadounidense que parece batirse en retirada por la voluntad popular de una nación aislada moralmente del resto de la humanidad en su trono de poder y riquezas, definen el escenario del presente.

He visto a los cubanos aplaudir sin resentimiento ni reservas la hazaña del pueblo estadounidense por haberse pronunciado rotundamente por el cambio, no obstante la obstinada manipulación mediática de los monopolios en que se vive en aquel país.

Pero, por su triste experiencia de medio siglo, enfrentados a más de una decena de presidentes de esa nación, los cubanos observan con escepticismo la posibilidad de que el mandatario electo pueda cumplir sus promesas cuando colisione, como parece inevitable, con los mezquinos intereses de la élite del poder en aquella nación, si de veras pretende hacerlo.

Enero de 2009

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