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Para categorizar la importancia de los problemas a enfrentar por el nuevo mandatario norteamericano en este hemisferio y en el mundo, habría que comenzar por definir los objetivos globales desde los que éste se propondrá abordarlos.

Si se mide desde el propósito de recuperar el liderazgo global y hemisférico de los Estados Unidos caído a su nivel más bajo en la memoria reciente, las prioridades serán distintas de las que habría que fijar si el fin fuera reinsertar apropiadamente a los Estados Unidos en un mundo de progreso y paz para todas las naciones.

Si el propósito es rectificar los errores que hayan debilitado el dominio de los Estados Unidos sobre la región para recuperar el control que antes ejercían sobre los acontecimientos en el área, seguramente habría que concluir que el problema más importante no es ya Cuba, ni Venezuela, ni Bolivia. Es Latinoamérica misma.

América Latina vive un período de segunda independencia dos siglos después de haber conquistado la que obtuvo de las potencias coloniales europeas.

Cuba y Puerto Rico fueron las últimas colonias de la corona española y la primera de estas dos islas antillanas fue capaz, hace medio siglo, de abrir el camino que ya recorren, de una u otra manera, la mayoría de las demás naciones antes poseídas por los poderes coloniales europeos para liberarse de la dominación neocolonial del imperialismo de Estados Unidos, que reemplazó a las monarquías del viejo continente con otra forma de señorío, diferente al español pero igualmente oprobioso para los pueblos del Sur en el Nuevo Mundo.

Es solo a la luz de esta verdad histórica que puede entenderse el motivo del odio feroz de que han dado muestras los gobiernos de los Estados Unidos respecto al pueblo cubano y su revolución en los últimos cincuenta años.

Es curioso constatar que los cubanos, que han sufrido la fiera represalia estadounidense por ser los primeros en abrir la ruta de la segunda independencia en América Latina, también tuvieron que librar en condiciones singulares la guerra anticolonial contra España por ser los últimos en hacerlo en el continente. Los cubanos tuvieron que guerrear largamente contra fuerzas militares de la metrópoli que eran más numerosas y de mayor poder de fuego que la sumatoria de todas las armas que sirvieron a la corona en las guerras de liberación de los pueblos en las demás colonias españolas en América.

Es de desear que el nuevo gobierno de Estados Unidos, que ha asumido el poder en medio de grandes esperanzas de su pueblo y del mundo, aborde los correcciones de rumbo necesarias para resolver los graves problemas domésticos y de política externa desde el punto de vista de los intereses de sus ciudadanos, no de mezquinas ambiciones hegemónicas dictadas por las corporaciones transnacionales.

Esta última alternativa, en lo que respecta a América Latina, se traduciría en la renovación de alianzas con grupos oligárquicos que, traicionando los intereses populares de sus países, colaboren con la superpotencia usando la represión y la corrupción.

Mantener el criterio de que la región pertenece a los Estados Unidos y debe ser recuperada a cualquier precio, equivale a ahondar cada vez más los enfrentamientos entre pueblos llamados por la geografía y la historia a hermanarse.

Es preciso que Estados Unidos reconozca que los principios de la Doctrina Monroe, que por más de 150 años fijaron la política estadounidense hacia América Latina afirmando su primacía en las relaciones entre los países de la región, hace mucho se han tornado obsoletos y son inaceptables para los pueblos al Sur del rio Bravo.

Si se adoptara la alternativa de fijar las prioridades del nuevo gobierno de Washington a partir del objetivo de concertar los esfuerzos entre todos los gobiernos y pueblos para luchar unidos por rescatar al planeta de la crisis ambiental, la humanidad de la crisis económica global y los pueblos de la pobreza, la insalubridad y las desigualdades, Estados Unidos asumiría un papel global capaz de cambiar la imagen de arrogancia y abuso que provoca los reclamos de “Yanquis go home” que sufren los norteamericanos al pasear como turistas por las calles de cualquier ciudad del mundo.

Es de desear que la nueva administración en la Casa Blanca aparte los métodos de bloqueo, sanciones, amenazas y presiones de sus vínculos con Latinoamérica y adopte políticas que se integren con las iniciativas latinoamericanas en materias como la reducción de la pobreza, el mejoramiento de la seguridad pública, el aseguramiento energético y los asuntos migratorios.

Los países de América Latina necesitan que el nuevo gobierno de Washington introduzca cambios en su política exterior hacia la región y se comprometa a participar, de manera cooperativa y efectiva, como uno más, en los canales que deben abrirse para que todas las naciones del hemisferio sin exclusión debatan, tanto bilateralmente como en foros internacionales, las respectivas políticas sobre los asuntos que les afectan en común.

Enero de 2009.

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