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La estratégica victoria popular en el referendo del domingo 15 de febrero, considerada momento culminante del proceso de consolidación de la toma del poder por la revolución bolivariana que guía Hugo Chávez, tuvo un efecto anonadante en las filas de la reacción venezolana, así como en sus aliados estadounidenses y los del resto del mundo.

“Chávez ganó, pero el país quedó dividido”, ha sido el absurdo argumento usado para desacreditar la decisión mayoritaria del pueblo expresada masivamente en las urnas a favor de la enmienda constitucional que permitirá la reelección continuada de todos los principales cargos elegibles del gobierno, con la sola condición de que el pueblo mismo lo desee y lo apruebe mediante su voto.

Se trataba, en verdad, de una consulta relativamente sencilla porque, de hecho, constituía la rectificación de una incongruencia en el texto constitucional, uno de los más democráticos a nivel planetario.

Al habilitarse la reelección indefinida del presidente, los gobernadores, los alcaldes y los congresistas, antes limitada a un número determinado de períodos de ejercicio, se cumple el ciclo de respeto absoluto a la voluntad de los electores, algo que también se enuncia en la cláusula revocatoria que faculta al pueblo para destituir de sus cargos a quienes no se desempeñen de acuerdo a las expectativas de la ciudadanía que les eligió. Son dos singulares y paradigmáticas disposiciones que encumbran la democracia bolivariana.

Pero, en Venezuela, alrededor del 95 porciento de los medios aéreos de divulgación y el 80 porciento de los impresos son propiedad de elementos hostiles a la revolución.

Con esa descomunal fuerza se intentó la manipulación de la opinión pública para evitar la aprobación de la enmienda constitucional que, según pretendían, “solo significaría que Hugo Chávez gobernaría indefinidamente”, ocultando que la reelección indefinida es regla en los sistemas electorales de muchos países y desconociendo la enorme significación democrática de que esto solo podría ocurrir si el líder de la revolución bolivariana continuara disfrutando del enorme respaldo que el pueblo le ha brindado en las urnas con reiteración a lo largo de la última década.

Toda revolución social, si es verdadera, enfrenta una reacción en su contra, como expresión de la puja entre futuro y del pasado que ambas constituyen, respectivamente.

Las particularidades tácticas de la revolución determinan, al menos en la teoría, el carácter de la reacción. Y viceversa.

En Cuba, por ejemplo, se precisó una revolución armada, violenta, para vencer a la dictadura impuesta por las clases dominantes en contubernio con los intereses estadounidenses a los que estaban íntimamente ligadas. Era difícil distinguir en la Isla entre los intereses de las capas superiores de la burguesía, y los de las clases dominantes de Estados Unidos.

El apoyo de Washington a la tiranía de Batista resultante de la relación semicolonial y el maridaje de intereses, hizo más cruenta la guerra pero indudablemente las fuerzas reaccionarias locales, por su condición absolutamente dependiente, una vez derrotadas, no se consideraron obligadas a -ni capaces de- defender sus intereses por sí mismas. Pronto ellas cedieron la responsabilidad al gobierno de los Estados Unidos, que inútilmente ha tratado, durante medio siglo, de cumplir ese propósito, incorporado a la agenda de sus objetivos globales de dominación.

Aunque las motivaciones y la necesidad histórica de la revolución bolivariana y la cubana sean idénticas, o al menos concurrentes, no han sido iguales las circunstancias de una y otra.

La disposición de la oligarquía cubana a acogerse al regazo imperial, incluso dejando atrás sus valores materiales para que la superpotencia se los recupere por cualquier medio, no ha sido la actitud de la oligarquía venezolana.

La llegada al poder mediante lucha armada revolucionaria, dio a los cubanos la posibilidad de obtener muchos avances en el camino de sus objetivos de justicia social y afirmación de la soberanía nacional que los venezolanos están logrando de manera pacífica, aunque más lenta.

En Venezuela, la lucha por transformar las instituciones creadas por las oligarquías para sus fines de dominación en palancas al servicio el progreso social ha convertido al gobierno de Chávez, que se ha sometido a quince confrontaciones en las urnas durante los últimos diez años, en el más legitimado en la historia universal de la democracia.

La victoria venezolana del 15 de febrero de 2009 demostró, en todo caso, que la batalla que se libra hoy en toda América Latina es parte de la pugna que libran las fuerzas que representan el pasado contra las que luchan por un porvenir mejor. Evidenció además que estas últimas son ya capaces de vencer, no obstante la vigencia de un contexto aún dominado por la superpotencia norteamericana.

Febrero de 2009.

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