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No es raro encontrar en Estados Unidos estudiosos de distintas disciplinas ligadas al acontecer político mundial con una apreciación objetiva del proceso político cubano que observan un paralelo entre el desastroso gobierno de George W. Bush y la tiranía de Fulgencio Batista, en los Estados Unidos (2000-2008) y Cuba (1952-1958), respectivamente, porque ambos habrían provocado los cambios espectaculares hacia la justicia social que ahora están en camino.

Ciertamente, la revolución cubana triunfante en enero de 1959 no habría encontrado espacio si no hubiera existido aquel régimen de oprobio y crimen en la isla. Y si los cubanos no han podido culminar plenamente cada detalle de su proyecto social ha sido por los obstáculos que le han sido impuestos desde el vecino del Norte.

Tampoco el pueblo norteamericano habría dado su voto a un candidato a la presidencia de su nación con un programa tan radical de cambios, simbolizado incluso por el color de su piel, si no fuera por la locura de violencia, terror, corrupción, represión y vergüenza para el país que representó el régimen de George W. Bush.

El paralelo sería válido, si se pudiera hacer abstracción de las notables diferencias entre el lugar político, el poderío económico y militar de las dos naciones, así como de la idiosincrasia y las tradiciones de sus pueblos.

Es sabido que los patriotas cubanos, que venían librando una cruenta lucha por su independencia de España desde 1868 y vieron frustrados sus heroicos esfuerzos por la intervención de los Estados Unidos en 1898 al ocupar militarmente la isla y condicionar su salida a la existencia de un orden semicolonial en sus vínculos con el Norte, jamás renunciaron a su avidez por el ejercicio de una soberanía que solo ha podido practicarse a partir del triunfo de la revolución que encabeza Fidel Castro.

El orden “democrático representativo” que bajo la supervisión de Washington estaba vigente en Cuba incluía procesos electorales cada 4 años que propiciaban que representantes de las diferentes facciones de la oligarquía resolvieran sus litigios en las urnas y se alternaran en el gobierno.

La participación de candidatos y organizaciones populares, sin embargo, solo era admisible en tanto sus eventuales triunfos no constituyeran una amenaza para el orden establecido.

Cuando en 1952 se avecinaba un proceso electoral en el que se vaticinaba la elección de un candidato que representaba una corriente política que, enarbolando la honestidad administrativa como consigna, había alcanzado en poco tiempo un gran arraigo popular, el gobierno de Estados Unidos dio luz verde a un golpe de Estado encabezado desde los cuarteles militares por Fulgencio Batista, que frustró la celebración de aquellas elecciones.

La dictadura de Batista cerró el camino a toda esperanza de resolver los graves problemas de la sociedad por mecanismos mínimamente democráticos. La más brutal represión de cualquier protesta, dejó a los revolucionarios cubanos sin otra opción que la de convocar al pueblo a la desobediencia y la insurrección.

La población apoyó masivamente la lucha y al cabo de cinco años y cinco meses de duros combates guerrilleros en las montañas y heroicas acciones en la clandestinidad de las ciudades, la revolución llegó al poder aclamada orgullosamente por el pueblo.

El proyecto de los revolucionarios, pese que era expresión de las ansias de una mayoría muy amplia de la ciudadanía, no pudo prosperar en un ambiente de normalidad democrática a causa de la injerencia del gobierno estadounidense que dispuso cuantiosos recursos para crear obstáculos de todo tipo para el avance de los profundos proyectos de cambio que solo con gran temeridad, y enormes sacrificios y privaciones, pudieron hacer cuajar, en mayor o menor medida, para mantener el apoyo popular al proceso.

Del otro lado del Estrecho de la Florida, la ciudadanía de la superpotencia norteamericana acaba de expresar su voluntad de sobreponerse a siglos de manipulación y enajenación impuestas por una elite de poder cada vez más aislada de las ansias populares, agudizadas hasta límites insoportables por la ultra reaccionaria corriente neoconservadora que tuvo su expresión extrema con la administración de George W. Bush.

La ciudadanía más consciente de la nación logró esta victoria de manera absolutamente concluyente apoyando la candidatura de Barack Obama, quien formulara un proyecto de cambios que rompía con los esquemas de toda anterior promesa de gobierno de los aspirantes presidenciales de los dos partidos que se alternan en el poder en los Estados Unidos.

La enorme popularidad de Obama y el apoyo que le dieron los sectores menos favorecidos de la sociedad al nuevo presidente de estadounidense le comprometen al cumplimiento de sus promesas de campaña y, si esto efectivamente hiciera, puede garantizarse que tendrá que enfrentar, y vencer, similares obstáculos y peligros que los encarados por la revolución cubana, originados en los mismos círculos del poder imperial.

Esto sí confirmaría plenamente el paralelo entre el actual proceso de cambios de los Estados Unidos y la revolución cubana.

¡Solo en eso!

Febrero, 2009

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