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No por previsible ha dejado de ser trascendente el triunfo electoral de la fórmula presidencial promovida por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, la formación política que hasta hace 17 años encabezó la lucha armada revolucionaria del pueblo salvadoreño con propósitos idénticos a los que ahora espera hacer realidad de manera institucional.

No era la primera vez que la voluntad popular se hallaba a las puertas de asumir las riendas de los destinos del país, pero siempre la coalición oligarca-imperialista había sido capaz de cerrarle el paso.

Desde su constitución el 10 de octubre de 1980, el FMLN fue una alianza de fuerzas insurrectas que, habiendo superado las debilidades que imponía la desunión, mostró clara evidencia de que contaba con el respaldo de la mayor parte de los salvadoreños.

Pero en la medida que mayores eran sus logros crecía la inyección de recursos contrarrevolucionarios al gobierno oligárquico y la intervención impúdica en los asuntos internos del país por parte de Estados Unidos para impedir una victoria popular comparable a la cubana o a la de los sandinistas nicaragüenses.

La inteligencia y perseverancia de la dirección revolucionaria del FMLN, encabezada por Schafik Handal, fue capaz de identificar, más allá de los reveses circunstanciales, las alternativas que se ofrecían para llevar al poder político de la nación a quienes fueran capaces de gobernarla en función de los verdaderos intereses de la mayoría de los salvadoreños y no de los del segmento oligárquico que por siempre ha impedido el desarrollo democrático de la nación.

La asimétrica correlación de fuerzas en el hemisferio demostró la imposibilidad de repetir en El Salvador los triunfos populares por la vía armada, sin la intervención del factor sorpresa que fuera de tanta importancia en Cuba y en Nicaragua.

Pero el apoyo popular a los insurrectos era tan notable que, cuando el 16 de enero de 1992 se suscribieron en México los Acuerdos de Paz que pusieron fin al conflicto armado que había durado más de diez años, se creía muy próxima la llegada de los revolucionarios al gobierno para hacer, mediante el voto, lo que por la vía armada la intervención foránea les había impedido realizar en beneficio de la Nación.

El FMLN asumió entonces el desafío de incorporarse a un sistema político diseñado para perpetuar a la oligarquía en el poder mediante su legitimación electoral cada cierto número de años con preceptos muy parciales a los detentadores del capital, partiendo de la certeza de ser capaces de vencer a base del patriotismo y la unidad del pueblo en apoyo a su causa.

Pero la inexperiencia en el manejo de los mecanismos propios de la farisaica “democracia representativa” y sobre todo por los fraudes y enormes recursos movilizados en apoyo a la oligarquía nativa y en su contra por el gobierno estadounidense, le privaban del triunfo en cada elección.

Fue antológica la intervención de Washington en anteriores elecciones cuando, en el momento cumbre de cada procedimiento electoral, amenazaba con la supresión de las remesas a sus familias de los emigrados salvadoreños radicados en Estados Unidos.

El Salvador es una nación pequeña con un débil mercado interno que, por tal motivo, tiene una notable dependencia en sus relaciones con el exterior. Esto lo ha hecho fácil presa del imperio.

Pero el mundo ha cambiado y la hegemonía absoluta de la superpotencia se hace cada vez más insostenible, en tanto que las naciones latinoamericanas y del Caribe han adquirido conciencia acerca de lo que su unidad pudiera contribuir a hacer irreversibles los cambios positivos que están teniendo lugar.

Latinoamérica casi completa ha convertido en regla la elección de los candidatos a las primeras magistraturas que no cuentan con la preferencia ni tienen el beneplácito de Washington. Ya casi no quedan excepciones a esta regularidad.

Hasta en los propios Estados Unidos, la élite del poder parece consciente de su responsabilidad por la crisis económica mundial actual y su incapacidad para revertirla, por lo que ha consentido en cambios, impensables antes, incluso al nivel de la Casa Blanca, en donde ha admitido la elección de un Jefe de Estado que presenta características distintas a las de cualquier otro anterior.

Y es en este contexto que el Salvador se ha unido al concierto de países latinoamericanos cuyos gobiernos afirman haber dejado de ser simples repetidores de los designios de Washington.

Todo indica que sobre la sabiduría y tenacidad del carismático y revolucionario periodista Mauricio Funes, presidente electo de El Salvador, recaerá mucho más que la responsabilidad de gobernar en un país sumido en el subdesarrollo y ávido de independencia.

Latinoamérica entera confía en la capacidad del nuevo líder de la nación salvadoreña, del FMLN y de todas las fuerzas sociales que han juntado esfuerzos para lograr esta victoria de nuestra América y ocupar el lugar que por derecho propio les corresponde en la vanguardia de esta lucha común y única.

Marzo de 2009.

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