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Cuando se habla del poder de las armas que Estados Unidos ha mostrado en sus “guerras de posguerra” -siempre contra adversarios mucho más débiles desde el punto de vista de la capacidad material militar- y se le suma la constatación de las nuevas tecnologías de que también hace gala, que son inaccesibles para naciones con un nivel menor de desarrollo, se pasa por alto otro elemento que hace más profunda aún la brecha: Los recursos mediáticos que Washington dedica a sus objetivos de política exterior y sirven prioritariamente a propósitos militares, tanto en terreno propio como en el de los adversarios.

La promoción de ideas guerreristas con sutiles pero sostenidos métodos científicos, conforman en la población estadounidense las condiciones receptivas necesarias para que sean admitidas las fechorías de la élite del poder. Ese es el principio.

La publicista estadounidense Amy Goodman de Democracy Now sostiene que los estadounidenses creen los argumentos fraudulentos del gobierno, no porque sean tontos, sino porque los han convertido en “buenos consumidores de los medios de comunicación que, a su vez, se desempeñan como caja de resonancia de quienes ostentan el poder en Washington” (Seattle Times, 3 de abril de 2005).

Sin embargo, en la confrontación con Cuba se ha evidenciado que la manipulación de la información acerca la Isla, si bien ha promovido odios y prejuicios para argumentar acciones infames, se ha revertido internacionalmente contra los promotores, como pudo constatarse en la reciente Cumbre de la OEA en Puerto España.

El enfrentamiento con Cuba tuvo su origen en la negativa del gobierno de EEUU a aceptar la emancipación de la Isla de su esfera de dominio, por el peligro de extensión del fenómeno en el Hemisferio.

A la distancia de medio siglo, se aprecia que lo mejor para ambas naciones, y el continente en su conjunto, habría sido el reconocimiento de la legitimidad de la lucha del pueblo cubano contra la cruenta tiranía que sufría y de la revolución popular como fuente del derecho de los cubanos a reconstruir su país tal como lo decidieran por sí mismos.

En vez de aplicar tan simple lógica, Estados Unidos desató una ofensiva propagandística en gran escala contra la revolución cubana, apoyándose en una política de aislamiento internacional de la isla que, lejos de disminuir la influencia de las ideas patrióticas opuestas a la hegemonía estadounidense, la alimentó y contribuyó a darle el alcance continental que hoy tiene.

El gobierno norteamericano utilizó a criminales de la dictadura derrotada prófugos de la justicia en acciones de propaganda y terrorismo, y continuó atrayendo para esos fines a nuevos emigrados afectados por las leyes de beneficio social de la revolución.

El bloqueo económico, comercial y financiero, eufemísticamente llamado “embargo”, fue decretado en 1962, diseñado para “derrotar la revolución (…) a través del desencanto y el desaliento basados en la insatisfacción y las dificultades económicas, (…) negarle dinero y suministros a Cuba para disminuir los salarios reales y monetarios a fin de causar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno cubano (…)”, según definición del Departamento de Estado.

Tenía como objetivos propagandísticos fundamentales promover la emigración de los afectados atribuyéndoles una motivación política así como impedir éxitos económicos que beneficiaran la imagen de la revolución cubana.

Ante la firmeza con que el gobierno cubano rechazaba el manejo del bloqueo como moneda de cambio por concesiones de cualquier tipo, la propaganda estadounidense fue acuñando slogans como los de que “el gobierno cubano usa el embargo para encubrir sus errores” o “Cuba no está interesada en el fin del embargo”.

Cuando se constata la gran proporción de estadounidenses que aún hoy, seis años después del genocidio contra Irak, piensa que ese país tenía armas de destrucción masiva antes de iniciarse la guerra o que Saddam Hussein proporcionó apoyo directo a la red terrorista Al Qaeda, uno se pregunta por cuánto tiempo, luego que Estados Unidos rectifique su conducta y normalice sus relaciones con Cuba sobre bases de mutuo respeto, seguirá habiendo norteamericanos que crean que “Castro era un dictador” o que “Cuba estaba aislada en un mundo que respaldaba la política de EEUU”. O que en Cuba se violaban los derechos humanos y sus habitantes no apoyaban la revolución, rechazaban el socialismo y las ideas del comunismo, y por eso emigraban. ¿Cuántos seguirán creyendo que Cuba fue alguna vez una amenaza para la seguridad de EEUU o que era un país donde no había elecciones ni funcionaba la democracia, se reprimían las ideas y se encarcelaba a los disidentes?

No obstante la constatación de la falsedad de estos asertos, que estará al alcance de millones de visitantes estadounidenses cuando algún día se les levante por su gobierno la prohibición de visitar a Cuba, los prejuicios sembrados por los muchos millones de dólares de los contribuyentes usados en la propaganda contra esta isla tardarán, lamentablemente, mucho tiempo en curarse.

Abril de 2009

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