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El solo hecho de que la política de bloqueo de Estados Unidos contra Cuba se haya mantenido a despecho de que casi la totalidad de los Estados que integran la Organización de Naciones Unidas la condenan cada año, bastaría para demostrar su condición impúdica.

Pero el carácter obsceno de esa guerra económica que libra hace medio siglo la superpotencia global única contra la pequeña y pobre nación vecina radica, sobre todo, en que se ha fundamentado siempre en mentiras para quebrantar la primera de las normas de la coexistencia internacional: la condena de la intromisión de cualquier Estado en los asuntos internos de otro.

Más allá de la ignominia que representa para los más de 300 millones de estadounidenses aparecer como cómplices de un asedio llamado a provocar sufrimientos, hambre y miserias a un pueblo vecino treinta veces menor en número que defiende su independencia al costo de cualquier sacrificio, la falsedad de los argumentos que han utilizado las administraciones estadounidenses -con apoyo de una inconmensurable maquinaria mediática que paga la ciudadanía con sus impuestos- constituye un atentado a la razón y un grave menosprecio de la inteligencia del pueblo norteamericano.

De inicio, se le mintió a los estadounidenses alegando que el “embargo”, como instrumento de presión, se justificaba porque la revolución cubana había expropiado sin compensación propiedades de grandes corporaciones estadounidenses, cuando el hecho cierto era que Cuba cumplía todas las normas internacionales para actos de legítima nacionalización y el gobierno de EEUU era el único que prohibía a sus nacionales negociar los términos de compensación como lo estaban haciendo los inversionistas de otras naciones con quienes en poco tiempo se acordaron indemnizaciones satisfactorias.

Pasó después el bloqueo a justificarse por la amenaza que la revolución cubana constituía para el sistema hemisférico, en cuyo nombre Estados Unidos impuso un rompimiento colectivo de relaciones con Cuba que acataron todos los entonces miembros de la Organización de Estados Americanos, menos México. A medida que las naciones latinoamericanas han podido avanzar hacia la afirmación de sus soberanías, todas han restablecido sus vínculos con Cuba.

El apoyo de Cuba a la lucha armada de los movimientos de liberación nacional en Latinoamérica sirvió también de justificación para el bloqueo, pero ésta se fue haciendo obsoleta en la medida en que esas fuerzas iban logrado la posibilidad de manifestarse en las urnas y de otras maneras democráticas, traduciéndose así los nexos de Cuba con ellos en una solidaridad abierta y transparente.

El alineamiento de Cuba con la URSS y China fue otra razón para acusar a la Isla de violar los principios del panamericanismo, cuando en verdad lo que preocupaba era su condición de país socialista absolutamente independiente, su papel protagónico en el movimiento de países no alineados y, en última instancia, su gran prestigio y autoridad entre los pueblos y naciones del Sur.

Sin preocuparse en lo absoluto por la verdad, Estados Unidos ha manejado contra Cuba el argumento de supuestas violaciones de los derechos humanos, usando su formidable poder financiero como propulsor mediático, pretendiendo ocultar que Cuba ha sido el país del hemisferio donde más fielmente se han respetado los derechos humanos en el último medio siglo, si se excluyen los desmanes en la cárcel que EEUU mantiene en la base militar de Guantánamo, en territorio ilegalmente ocupado a la Isla.

Y, en todo momento, se ha pretendido hacer ver que la presión ejercida por los grupos extremistas cubano-americanos de Miami ha sido responsable de que Washington no cancele esa política bochornosa que condena al hambre y grandes privaciones a una nación soberana, pretendiendo forzar a su pueblo a alzarse contra el proyecto socialista de la revolución popular. Lo cierto es que estos grupos fueron creados por la CIA y son aún financiados por el presupuesto federal con partidas dedicadas a la “promoción de la democracia en Cuba” que nutren arcas en Miami.

Cualquiera sabe de qué manera tan expedita es capaz EEUU de deshacerse del “poder” de los lobbies de los adversarios de sus enemigos cuando decide normalizar relaciones con un país “hostil”. Como Roma, Washington paga a los traidores, pero los desprecia.

Ante la evidencia del fracaso del bloqueo, correspondería al gobierno de Estados Unidos reconocerlo y proceder a reparar la ofensa dentro de los principios del derecho internacional, pero es evidente que se ha modelado una táctica que pretende limpiar la cara sin variar la estrategia. Su discurso hoy reza así:

“Después de 47 años, el embargo unilateral a Cuba ha fracasado en lograr el objetivo de llevar la democracia al pueblo cubano. La comunidad internacional exige que las sanciones sean más refinadas y específicas contra los gobiernos rebeldes y que afecten menos a la población civil porque las medidas generales aglutinan al pueblo en torno a sus dirigentes y por ello se hacen contraproducentes”.

Todo parece indicar que, con esta nueva óptica, prosperan en Estados Unidos -con idénticos fines neo anexionistas- nuevos planes y mentiras más sutiles contra la independencia y el derecho de los cubanos a continuar una revolución a la que, desde 1868 hasta hoy, han estado convocados por Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y Fidel Castro.

Junio de 2009

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