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Una muestra de la catadura moral y política de aquellos “cubano-americanos” que se han puesto al servicio a los enemigos de su tierra natal la ofrece una entrevista del periódico español “El Mundo” con uno de los plomeros que se hicieron célebres como protagonistas del escándalo de los edificios Watergate que condujo a la defenestración del presidente Richard Nixon.

La entrevista apareció el 19 de julio de 2009 con la firma del periodista Manuel Aguilera Cristóbal y el entrevistado era Eugenio Rolando Martínez quien “a sus 86 años no se arrepiente de su pasado como plomero del Watergate aunque lamenta haber perdido esa y otras muchas batallas”.

“Yo quería derribar a Castro y desgraciadamente derribé al presidente que nos estaba ayudando, Richard Nixon”, declaró al periodista el mercenario.

El 17 de junio de 1971, a las 2.30 horas de la madrugada, Martínez fue detenido en el interior de las oficinas del Comité Nacional Demócrata, en el complejo de edificios Watergate, en Washington, junto a James McCord, jefe de seguridad del Comité para la reelección de Nixon, y otros tres plomeros contratados, al igual que Martínez, en Miami: Virgilio González, Bernard Baker, y Frank Sturgis. Todos habían trabajado con anterioridad para la CIA.

Exactamente dos meses antes, el 17 de abril de 1971, Bernard Baker, el mejor amigo de Martínez, encontró una nota en la puerta de su casa: “Si sigues siendo el hombre que yo conocí, ven a verme”. El texto lo firmaba Howard Hunt, viejo conocido de ambos por su papel de principal organizador por la CIA en el desembarco de Playa Girón. Ese día se cumplía el décimo aniversario de aquel frustrado intento de invasión a Cuba por ese punto de la bahía de Cochinos, en la costa sur de la isla, utilizando 1.500 exiliados contrarevolucionarios, buena parte de ellos identificados con la sangrienta dictadura de Batista recién derrotada en la isla. Hunt tenía ya en su expediente criminal el papel clave que había desempeñado en el derrocamiento en 1954 del presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz.

“Van a estar activos otra vez”, les espetó Hunt cuando se encontraron. La oferta consistía en formar parte de una unidad de la Casa Blanca dirigida personalmente por Richard Nixon. Hunt les aseguró que la CIA estaba al tanto de la creación de este grupo de agentes trabajando a las órdenes del presidente.

Después de doce años trabajando para la Agencia en labores de infiltración, sabotajes, secuestros, espionaje, y otras fechorías terroristas, Rolando Martínez se sintió halagado: “Pensé que era una promoción para mí”.

Inicialmente, el grupo se dedicó a investigar a las personas que querían entrevistarse con Nixon, pero luego llegaron otras misiones mucho más sucias. Como cuando irrumpieron en la consulta del psiquiatra de Daniel Ellsberg (ex analista militar de la Corporación RAND), “quien había filtrado al New York Times documentos del Pentágono sobre la guerra de Vietnam y queríamos los informes de su psiquiatra para corroborar si también había pasado información a la embajada soviética y para saber cuáles eran sus motivaciones”, relató el esbirro.

El 2 de mayo de 1972, un mes antes del allanamiento de la sede de los demócratas, el cadáver de John Edgar Hoover, que había sido director del FBI desde 1935, estaba expuesto en la rotonda de la sede del Capitolio. Se temía que grupos de izquierda contrarios a la guerra en Vietnam pudieran manifestarse en las proximidades. Quince cubanos fueron contratados en Miami para disuadir a los manifestantes. Martínez recuerda con una sonrisa cómo disolvieron la manifestación de la que formaban parte los actores Jane Fonda y Donald Sutherland: “Recuerdo cómo les provocamos. Les quitamos una bandera del Vietcong y se la rompimos”.

Al edificio Watergate “íbamos a robar documentación que demostrara que Fidel Castro estaba financiando la campaña del demócrata McGovern, quien todo el mundo sabía que simpatizaba con Castro, había viajado a Cuba en varias ocasiones y se les había visto juntos presenciando partidos de béisbol. Buscábamos pruebas de la injerencia de un país extranjero en la elección de un presidente de Estados Unidos”.

Martínez mantiene que él y sus compañeros fueron víctimas de una trampa urdida por James McCord, el único de los cinco plomeros que no era agente encubierto sino que formaba parte formalmente de la CIA. “¡Él nos traicionó!”

En enero de 1973, los cuatro plomeros se declararon culpables para evitar un juicio y no tener que testificar sobre los detalles de la operación. Fueron condenados por conspiración, robo y violación de las leyes federales sobre comunicaciones. Dos meses después, McCord escribió una carta al juez y con ello precipitó el escándalo político que acabó con la dimisión del presidente Nixon. McCord consiguió la inmunidad y Martínez sólo cumplió 15 meses de los 40 años a los que fue condenado.

¡Si que es generosa, para algunos, la justicia en Norteamérica!

Julio de 2009.

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