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Nadie podría identificar puntualmente quienes integran el poder real en los Estados Unidos. Ese poder que nadie elige pero que es en verdad el que decide el curso de los acontecimientos en la nación que ha sido cabeza del mundo desde el desplome de las monarquías coloniales de occidente que desempeñaron ese papel a cara descubierta de sus soberanos.

Pero tampoco alguien podría negar el sabio pragmatismo que ha exhibido esa incognoscible élite en los momentos de más grave peligro para la existencia de esa gran potencia.

Prueba del pragmatismo del poder real estadounidense fue el hecho de que llegara al gobierno Franklin Delano Roosevelt en un momento de suma gravedad para la nación con pronunciamientos que incluso le valieron el calificativo de “traidor a su clase”. La historia ha demostrado que en realidad FDR fue el salvador del capitalismo en Estados Unidos, no obstante lo cual aún hoy es el ex presidente menos reverenciado en Washington.

La carta económica de derechos presentada por Roosevelt al Congreso el 5 de enero de 1941, fijaba varios principios que hoy lo calificarían como comunista:

· Igualdad de oportunidades para jóvenes y demás ciudadanos;

· Plazas de trabajo para aquellos que pudieran hacerlo;

· Seguridad para quienes la necesitasen;

· Fin de los privilegios especiales para unos pocos;

· Preservación de las libertades civiles para todos;

· Disfrute de los frutos del progreso científico en escala más amplia y elevación constante de los niveles de vida.

Indudablemente, el poder real estadounidense corría un riesgo con un presidente que proclamara estas ideas y otras también muy avanzadas en materia de relaciones internacionales.

“Cuando extraes riquezas de los países coloniales sin aportar a ellos educación, niveles de vida decentes y requerimientos mínimos de salud, todo lo que haces es almacenar problemas que conducen a la guerra”, dijo FDR a Elliott Roosevelt, su tercer hijo, quien lo reveló en su libro “Como él lo vio”.

Pero, sin dudas, la cúspide estadounidense prefirió asumir el peligro en aras de lo que le proporcionó la imagen diferente que le aportaba FDR con el prestigio interno de su programa del “New Deal” con que enfrentó la crisis económica de 1929 a 1932, y su “política del buen vecino” que le propició alianzas políticas e inusitado soporte popular en el continente americano.

Cuando la lucha de los afronorteamericanos por sus derechos civiles puso en peligro la integridad y seguridad del país y surgieron próceres de la talla de Malcolm X y del Reverendo Martin Luther King Jr., así como organizaciones como la del Poder Negro, que dieron cuerpo en los sesenta a una situación pre-revolucionaria que además coincidió con la necesidad de reclutar soldados negros para guerra contra Vietnam, el establishment realizó grandes “concesiones” reformistas en las relaciones interraciales. En aras de la seguridad nacional, el poder real aprobó ceder un significativo número de espacios a los negros que neutralizaron, temporalmente, el peligro.

Cuando triunfa la revolución cubana en un continente cuajado de dictaduras militares serviles a Washington y sobreviene el auge del antiimperialismo y las ideas de justicia social en América Latina, Estados Unidos ensaya inéditos pero inútiles proyectos de “alianzas para el progreso” y sucesivamente experimenta con reajustes que alteran el énfasis en el control delegado en los militares, con los métodos democráticos representativos de control por medio de las oligarquías y sus partidos. Los límites de estos ajustes siempre han estado a cargo del poder real, nunca del partido en el gobierno, según se ha apreciado claramente.

Es incuestionable que el debate de ideas en el seno de la sociedad norteamericana desempeña un papel de importancia en la orientación política general de esa nación, solo que la presión de esas luchas gravita sobre una suerte de intermediarios que son los políticos, organizados en dos partidos y dependientes del respaldo económico a sus campañas por quienes, además, controlan por esa misma vía los medios de información.

En la actualidad norteamericana se aprecia que, una vez más, el poder real, ante una situación de extraordinaria complejidad tanto interna como internacional, ha dado luz verde a la elección de un Presidente diferente, con un programa de reformas capaz de concertar un amplio apoyo popular interno y exterior a fin de contrarrestar en el imaginario popular la desesperanza estimulada por la debacle dejada por el pésimo gobierno de George W. Bush.

Es obvio que dentro del poder real también actúan fuerzas de diferente modulación y que calculan lo riesgos de diferente manera. Por eso, parece, se notan constantes incoherencias en el desarrollo de las políticas de gobierno proclamadas por Obama, destinadas todas a salvar al capitalismo y la hegemonía estadounidense.

Agosto, 2009.

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