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El turismo internacional como fuente para la captación de divisas extranjeras se ha multiplicado treinta veces en los últimos 60 años y ya el número de turistas que anualmente intercambian las naciones sobrepasa los 700 millones de personas en todo el mundo.

Entre los que más se benefician del turismo internacional como receptores de visitantes extranjeros se encuentran varios países muy industrializados y ricos. Algunos de ellos son igualmente los mayores emisores de turistas hacia otros países con desarrollo económico similar y también, cada vez con mayor intensidad, hacia naciones pobres, para el disfrute de climas más convenientes que los propios, entornos menos contaminados y diversidad cultural.

El turismo internacional debía ser una manera para que los países más ricos compensen a los más pobres por el saqueo de riquezas que, por siglos, les han arrancado el colonialismo, el neocolonialismo, el intercambio desigual y demás mecanismos de explotación y despojo que han dado al mundo la dramática asimetría humanitaria que actualmente presenta.

Pero el capitalismo tiene sus reglas: las grandes corporaciones las han impuesto incluso en la práctica del turismo Norte-Sur. Cada vez son más sofisticados los requisitos del turismo internacional y, por ello, más difícil a los países pobres asumirlos por sí mismos. No basta ya con abrir a la inversión extranjera la creación y operación de la planta hotelera y demás elementos infraestructurales para lograr la competitividad que exige hoy el turismo internacional.

El turismo de cruceros y el turismo todo incluido, por ejemplo, son mecanismos que dejan pocas posibilidades a los mercados receptores para beneficiarse con la afluencia de los visitantes. Estos llegan a los destinos habiendo abonado ya a los operadores de los países emisores el pago por todos sus gastos de viaje, incluso los de alimentación, bebidas, transportación interna y entretenimientos.

En el caso del turismo de cruceros, los viajeros pernoctan, se alimentan, beben y disponen de abundantes entretenimientos a bordo. “Solo tocan tierra para dañar el medio ambiente y dejar la basura acumulada en sus barcos”, se quejan los detractores de esta modalidad turística en los países pobres.

El turismo “All Inclusive” es una modalidad por la que el viajero es llevado a una instalación donde prácticamente todo está pre pagado: alojamiento, comidas, refrescos, bebidas alcohólicas, recreación, deportes y hasta las propinas. Sus críticos en los países receptores argumentan que no ayuda a la economía local y que perjudica el entorno. Ciertamente, la mayoría de los centros turísticos que participan en este sistema se encuentran en zonas relativamente remotas, lejos de los centros principales de la población local, lo que obstaculiza el acceso del turista al disfrute de las atracciones y a los negocios locales, sobre todo porque ha pagado anticipadamente por todo aquello que se le ofrece en el complejo hotelero donde permanece. Los establecimientos a donde son llevados estos turistas son propiedad y/o están operados por grandes corporaciones transnacionales que no dejan prácticamente espacio alguno para el beneficio de las pequeñas o medianas empresas locales.

Originalmente, esta modalidad brindaba tres comidas diarias y los clientes pagaban por las bebidas alcohólicas que consumieran. Pero la práctica de su aplicación en el Caribe fue haciéndola más integral, en función de facilitar la masificación del turismo y su socialización.

En Canadá, en los finales de los años 1970, se desarrolló lo que puede considerarse una nueva industria del turismo masivo, protagonizada por un segmento poblacional -de ingresos mas modestos que los de los turistas tradicionales de países ricos-, mayoritariamente constituido por obreros especializados.

A esta modalidad del turismo se adaptaba, como anillo al dedo, el sistema de All Inclusive Resorts. Con la utilización de vuelos chárter y una operación hotelera más económica en virtud de la escala, se daban precios que propiciaban la masividad de la demanda.

El sistema de All Inclusive Resorts garantiza vacaciones sin sorpresas para el turista, que compra un paquete y sabe que al final no encontrará una factura superior al cálculo que había hecho.

A mediados de los años 90 la popularidad del “todo incluido” se había extendido ya por todo el Caribe forzando la incorporación a este plan de las cadenas de operación hotelera más establecidas en los lugares de playa.

Pero la operación del turismo masivo en los países receptores a cargo de estas corporaciones transnacionales también ocasiona graves perjuicios sociales difícilmente compensados por los pocos gastos colaterales y casi accidentales del turista. Se observa sobreexplotación de los trabajadores locales cuya inseguridad laboral les convierte en esclavos virtuales de las compañías foráneas; surgen cinturones de miseria en torno a los complejos turísticos, sin hospitales ni atención de salud; se incrementan los casos de corrupción de políticos locales y evasión de impuestos, entre otros males.

Por contraste, gracias a un elevado nivel de organización social y al alcance de su proyecto socialista, Cuba ha podido extraer las ventajas de la economía de escala en el turismo, eludiendo los perjuicios sociales que se observan, por ejemplo, en la República Dominicana y México.

En Cuba, el Estado y sus empresas públicas, controlan en todos los aspectos la participación extranjera. Se protege a los trabajadores del turismo y se asegura que ellos disfruten de todos los derechos y beneficios sociales cubanos – una utopía para los obreros de los demás países del área -, así como que los ingresos que proporciona el turismo masivo sirvan para el desarrollo y bienestar de la población de todo el país.

Septiembre de 2009.

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