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Para los casi mil millones de hambrientos del planeta poco significa el Día Mundial de la Alimentación, porque no tienen tiempo ni fuerzas para exigir la solidaridad que la comunidad mundial ha acordado para ellos, sin que nada se mueva por culpa de un sistema socioeconómico global que descansa en el egoísmo.

El 16 de octubre, fecha de observancia cada año de este Día, coincide con la de la fundación de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 1945.

La finalidad del Día Mundial de la Alimentación, proclamada en 1979 por la Conferencia de la FAO y formalizada en 1980 por la Asamblea General de Naciones Unidas, es “concientizar a las poblaciones acerca del problema alimentario mundial y fortalecer la solidaridad en la lucha contra el hambre, la desnutrición y la pobreza”.

Alrededor de un 30% de la población del planeta sufre alguna forma de malnutrición, en tanto que la mitad de las enfermedades conocidas son atribuibles al hambre, la alimentación insuficiente o a la deficiencia de vitaminas y minerales.

Según cálculos de la FAO, para que se cumpla el objetivo que propugnara la Cumbre Mundial de la Alimentación en 1996 de llegar a 2015 con un 50% menos de personas subalimentadas, el hambre debía eliminarse a razón de 22 millones de personas cada año.

Pero ocurre que ni siquiera una tercera parte de esa cifra de hambrientos ha podido escapar cada año del horror de carecer de los alimentos necesarios para la subsistencia; sin contar a aquellos que, privados de trabajo o de una seguridad social elemental, pasan a incluirse en la categoría como nuevos subalimentados.

La globalización neoliberal y las políticas privatizadoras han sido responsables del desastre alimentario actual, al que han contribuido de manera importante las viejas injusticias características de las relaciones Norte-Sur que crecen en vez de amainar: el intercambio desigual, el robo de cerebros y el despojo de las riquezas naturales a las naciones pobres.

Se ha calculado entre 25 y 30 mil millones de dólares anuales la ayuda adicional requerida para reducir a la mitad el número de hambrientos. Pero, como regla, aquellos que detentan las riquezas del mundo rechazan la cooperación multilateral y sólo aceptan propuestas de carácter bilateral con aporte de fondos atados a condiciones que les permitan burlar en su propio beneficio, a mediano o largo plazo, la soberanía alimentaria de las naciones necesitadas.

El Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), con manipuladora influencia del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y de las grandes empresas transnacionales de la agroindustria alimentaria, se han encargado de conducir al sector por los caminos de la economía liberal que se aprecia como principal responsable de su actual crisis.

No se trata, sin embargo, de un fenómeno coyuntural de nueva aparición, sino de un proceso con profundas raíces en el sistema económico y comercial internacional generado por la obsesión neoliberal con que las instituciones económicas de Bretton Woods (BM y FMI) han trabajado por instaurar un sistema librecambista global que permita a las empresas transnacionales de los países opulentos operar de la manera que más favorece a sus mezquinos intereses.

Los Planes de Ajuste Estructural del FMI han llevado a los países empobrecidos a orientar su producción a la exportación mediante la especialización en una agricultura intensiva muy dependiente de la mecanización, los fertilizantes químicos, los insecticidas y los pesticidas. Los alimentos así producidos, se convierten en mercancías exportables con precios internacionales no asequibles a muchos países del Sur.

La alta movilidad de capitales que propicia este fenómeno ha promovido las inversiones especulativas en el mercado alimentario. Los mercados financieros han reaccionado acumulando títulos sobre estos productos, acelerando así el incremento de la demanda y, por lo tanto, el precio. Las compras que se realizan en estos mercados no son sólo de productos existentes sino también de productos futuros.

El aumento del precio de esta materia prima, a su vez, provoca un incremento adicional derivado de su transportación desde/hasta lugares lejanos, lo que agrega nuevos obstáculos a los pequeños productores para sobrevivir y genera así condiciones para una mayor concentración de la tierra y de la industria en manos de los grandes capitalistas.

El aumento de los precios para los consumidores no repercute a favor de los productores porque el fenómeno se presenta solo en un extremo de la cadena producción-consumo, con el mercado agroalimentario dominado por grandes corporaciones que ya controlan desde la relación con los productores hasta las ventas minoristas.

Solo un orden internacional que, invirtiendo totalmente la estructura actual de relaciones, brinde un trato preferencial y diferenciado a los países que tienen menos posibilidades, mediante una cooperación sin condicionamientos, evitaría a la humanidad la perspectiva de autodestrucción desencadenada por el hambre que le está dejando ver la globalización neoliberal.

Sea esto dicho con absoluta claridad en el Día Mundial de una Alimentación que está en grave crisis.

Octubre de 2009.

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