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En mi criterio, el actual presidente de los Estados Unidos es un político honesto (hasta donde puede serlo un político en aquel sistema dominado por una élite egoísta y sin escrúpulos) que está dispuesto a lograr que su país escape de su actual grave crisis y recupere el lugar hegemónico que había ostentado en el planeta desde el final de la II Guerra Mundial. Ha tenido el carisma y la inteligencia suficientes para convocar a la mayor parte de los ciudadanos a apoyarle quebrando tradicionales prejuicios racistas, así como para obtener la indulgencia de los factores que componen el poder real oligárquico e imperialista, convenciéndoles de que no tienen más opción que la que él representa, para salvar al capitalismo global.

Pero, una vez en el ejercicio del poder político formal, no está resultando fácil a Obama conciliar las expectativas conservadoras de sus resignados patrocinadores en la élite, con sus programas y sus promesas a las mayorías que le votaron.

Esto ha llevado ya a una situación en la que la ciudadanía, esperanzada con las ofertas de Obama, se desespera y exige que materialicen los cambios anunciados. Pero el Presidente se muestra incapaz de hacerlo a causa de los múltiples obstáculos que le son interpuestos, tanto desde el campo de sus adversarios políticos, como desde las filas propias de su partido demócrata por los elementos más comprometidos con el poder real, o más temerosos de las reacciones de éste ante cualquier afectación de sus magnos intereses.

Así, los índices del apoyo de la población al mandatario van descendiendo en las encuestas por el descontento que genera la lentitud en satisfacer las esperanzas y aspiraciones, lo que provoca que muchos cesen de prestarle apoyo activo y otros, frustrados, pasen a engrosar filas adversarias.

Por otra parte, los tenues logros progresistas de Obama desde la Casa Blanca han sido sistemáticamente respondidos desde el campo de la derecha extrema con tenaz obstaculización, tanto en el terreno de los procedimientos como mediante campañas mediáticas contra cuanta iniciativa de reforma propone el Presidente.

Un despacho del corresponsal de la agencia británica Reuters David Brooks, fechado en New York, comenta esto así: “El tema no importa; puede ser la reforma de salud, la educación pública, la inmigración, el estímulo económico, Honduras o cualquier otra iniciativa de este aún nuevo gobierno: el Partido Republicano se niega a colaborar (con excepciones de muy pocos legisladores moderados) con el presidente, mientras la derecha social, animada por voces cada vez más extremistas de comentaristas, reverendos y políticos ultraconservadores, se manifiesta contra todo lo propuesto por Obama”.

Señala el periodista que “sectores sociales de la derecha y políticos conservadores han desatado una ofensiva que combina acusaciones de racismo y antisemitismo para intentar derrotar las iniciativas de reforma de Obama, con la advertencia de que éste urde un complot ‘socialista’. ( ) Estas expresiones se multiplican e intensifican en torno al tema de la reforma del sistema de salud, la pieza central de las propuestas políticas del nuevo gobierno. La derecha ha proyectado la propuesta como otra medida ‘socialista’ de Obama, y ha intentado generar una resistencia para defender la libertad”.

No menos de medio centenar de “grupos de odio” han surgido desde la asunción de Obama y se multiplican las amenazas de violencia en su contra en la Internet y en otros medios controlados por estos grupos. En varios lugares donde se han llevado a cabo actos contra Obama se han visto civiles provistos de armas largas, en actitudes amenazantes.

Es evidente que detrás del desarrollo de estos rasgos fascistas que se manifiestan hoy en Estados Unidos a partir de un supuesto fantasma socialista, están las fuerzas neoconservadoras que iniciaron un ascenso vertiginoso durante la Administración de Ronald Reagan hasta caer ridículamente en el peor descrédito con la crisis mundial a la que tanto contribuyó el desastroso gobierno de George W. Bush. Esa corriente no ha renunciado, sin embargo, a la pretensión de recuperar la iniciativa para dar continuidad a sus designios por implantar su modelo imperialista de dominación interna y global.

Todo lo aquí digo conforma un escenario en el que se observa que, mientras la derecha se mueve con tenacidad contra los proyectos progresistas de Obama, en los sectores populares prima la frustración o la resignación ante las concesiones a que son forzadas las iniciativas del Presidente.

Ojalá que Obama y su equipo de asesores y colaboradores comprendan, más temprano que tarde, que para quienes luchan desde abajo por un objetivo racional, el ataque incesante será siempre la mejor defensa. Y que su recién adquirido Premio Nobel por la Paz podría servirle como lanza de combate más que todos los ejércitos para cumplir sus promesas de sensatez.

Octubre de 2009.

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