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Por estos días, la Asamblea General de Naciones Unidas votará, por decimoctavo año consecutivo, una resolución que exige la suspensión del bloqueo que hace más de 47 años lleva a cabo Estados Unidos contra Cuba. Es de suponer que la votación será de nuevo abrumadora, como lo fue el pasado año 2008 en que 185 Estados se pronunciaron a favor de la exigencia y sólo 3 en contra.

El sistemático desconocimiento de este acuerdo ha sido, quizás, la prueba más concreta de que la opinión pública mundial y la voluntad política de la comunidad internacional representada en la ONU poco influyen en la política global de la superpotencia.

Tan reiterado ha sido el desprecio de Washington por las decisiones mayoritarias en la arena internacional que ni siquiera con un inquilino de la Casa Blanca que ha prometido cambios en ese sentido abundan expertos que pongan en duda que, una vez más, Estados Unidos desconocerá esa exigencia de la comunidad internacional. Nadie duda tampoco que la gran prensa corporativa, siempre tan atenta a la voluntad de Wall Street y el complejo militar-industrial norteamericano, ignorará el acuerdo o minimizará su importancia.

En ningún momento desde su implantación ha existido justificación moral o ética para lo que eufemísticamente el gobierno de los Estados Unidos llama embargo, en tanto que nuevas disposiciones ejecutivas y congresionales han ido engrosando el cuerpo jurídico de la política de prohibiciones, penalidades y amenazas de sanciones contra Cuba hasta extremos inauditos.

La aberración que constituye el hecho de que la Secretaría de Estado de los Estados Unidos haya colocado y mantenido a Cuba en una lista de países que promueven o protegen el terrorismo y son por ello sancionables, es otra muestra de ese irrespeto por el consenso internacional. Cuba goza de un enorme prestigio mundial por su solidaridad efectiva con otras naciones subdesarrolladas, lo que contrasta con el hecho de que la población de la Isla ha sido, durante más de 50 años, víctima de innumerables actos terroristas promovidos desde el sur del estado norteamericano de la Florida.

Durante todos estos años de bloqueo, son muchos miles los estadounidenses que han desafiado las duras penas previstas por Washington por viajar a Cuba, para manifestar su oposición al asedio y ratificar que los sentimientos del pueblo norteamericano están a favor de la normalización de las relaciones entre los dos países vecinos, en condiciones de igualdad y respeto mutuo.

La grieta abierta al bloqueo por la línea de comercio de alimentos que surgió a raíz de los daños sufridos por Cuba en 1999 por el paso del ciclón Michelle, llevó a que algunos productores y comerciantes estadounidenses apreciaran por sí mismos lo absurdo que resulta el hecho de que se les excluya, por motivos políticos que les son totalmente ajenos, de la posibilidad de relacionarse con un mercado natural para ellos.

Pero la aplicación de este bloqueo, cuyo declarado objetivo original era “derrotar la revolución en Cuba a través del desencanto y el desaliento, provocarle insatisfacción y dificultades económicas; negarle a Cuba dinero y suministros para disminuir los salarios monetarios y reales, a fin de causar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno cubano”, se ha mantenido a lo largo de una decena de sucesivos gobiernos norteamericanos.

Según cálculos oficiales calificados de muy conservadores, el daño directo a Cuba como resultado del bloqueo, hasta el fin del año 2008, sobrepasa los 96 mil millones de dólares, cifra que ascendería a 236 mil 221 millones de dólares, si el cálculo fuera realizado a los precios actuales del dólar norteamericano.

Nada esencial ha cambiado tampoco con la llegada al poder de Barack Obama cuyo gobierno ha mantenido en vigor las leyes, disposiciones y prácticas que sustentan el cerco, reforzando incluso los mecanismos políticos, administrativos y represivos para hacer más eficaz su instrumentación. El Vicepresidente Joseph R. Biden Jr., en declaraciones formuladas en Chile el 28 de marzo de 2009, afirmó que “Estados Unidos mantendrá el bloqueo como herramienta de presión contra Cuba”. De manera similar se ha pronunciado la Secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton.

De ahí que pueda esperarse que cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas se pronuncie esta nueva vez lo haga con máximo rigor contra el inhumano bloqueo a la Isla y exija su levantamiento, lo que equivale a apoyar las ofrecimientos de cambio que permitieron a Obama llegar a la presidencia de su país, así como a hacerse acreedor al Premio Nobel de la Paz.

Sería contraproducente que algún país, por consideración a promesas que no se han concretado siquiera a nivel retórico desde la llegada a la Casa Blanca de la nueva administración, moderara la firmeza de su voto de censura al acto de crueldad extrema que conforma este semicentenario bloqueo a una nación independiente.

Es evidente que el Presidente Obama ejerce su cargo en medio de formidables presiones imperiales y, quienes realmente deseen verlo actuar en una dirección justa, deberán expresarle su apoyo con más exigencia que condescendencia.

Octubre de 2009.

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