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Aunque usted no lo crea, la lucha que libra América Latina hace medio siglo por su segunda y definitiva independencia -que ha ganado fuerzas en los albores del nuevo milenio- pudiera aportar mucho al acercamiento de culturas y sentimientos entre los pueblos de las naciones del sur y el norte de este continente.

La historia ha demostrado que una relación de hegemonía y sometimiento no contribuye al desarrollo de la solidaridad y amistad entre los pueblos, sobre todo si los niveles de desarrollo y bienestar de éstos distan tanto. La humillante subordinación quebranta las posibilidades de colaboración y de asistencia mutua, y constituye un obstáculo para la integración sobre bases justas.

Si se examina el peso de la carga que impone Estados Unidos a su población en aras de propiciar el tipo de relación que garantiza su dominio hemisférico y la obtención del ingreso extraordinario que resulta de la sobreexplotación derivada de ese asimétrico nexo, se advierte que una relación equilibrada entre las partes perjudicaría solo a un reducido número de consorcios transnacionales y beneficiaría a todos los involucrados fundamentales.

El costo que pagan los contribuyentes estadounidenses por los emplazamientos militares y de inteligencia; por las acciones de espionaje y subversión; por los desestabilizadores sobornos a corruptos periodistas, políticos, intelectuales, académicos y militares, por no mencionar los actos de intervención y ocupación militar, garantiza a las corporaciones crecidos dividendos pero no mejora las posibilidades de las menos competitivas economías de los productores pequeños y medianos, ni deriva beneficios sociales o mejor retribución a los trabajadores estadounidenses.

En el extremo opuesto de la relación, la subordinación acrece la explotación de los recursos naturales y humanos con tecnologías más avanzadas, pero estrecha la dependencia en términos de mercado. Crece la producción pero se reduce el empleo y aumenta la emigración, paradójicamente reprimida en el país de destino.

La ecuación es simple, si la diplomacia estadounidense renunciara a la violación sistemática de los principios básicos del derecho internacional (no injerencia en los asuntos internos de otros países y respeto a la igualdad soberana de las naciones), por la vía de la colaboración y la asistencia recíproca, el hemisferio entraría en una etapa de armonía e integración hasta hoy desconocida.

Solo los grandes monopolios engendrados por el capitalismo en su más alto nivel de desarrollo llevarían algo que perder. Ellos, junto al complejo industrial militar, acabarían por extinguirse en la medida que el pueblo de los Estados Unidos imponga la extensión de esa política de paz a las relaciones globales de su nación.

No niego que esto parece un cuento de hadas, pero tengo la certeza de que más temprano que tarde los estadounidenses habrán de romper las cadenas del aislamiento en que permanecen encumbrados en un ambiente guerrerista de violencia, miedo, odio, amenazas y represalias que no merece una nación con tantos talentos en todos los campos del saber y una tradición democrática que le ha sido enajenada.

Hace algunos días conversaba con un grupo de los escasos visitantes estadounidenses que logran licencia de su gobierno para viajar a Cuba y se mostraban sorprendidos por la cordialidad con que les recibían en todas partes. Llegaron por sí mismos a la conclusión de que la razón básica era que, desde hace muchos años, los cubanos le habían perdido el miedo a su arrogante y opulento vecino. No se sienten, como ocurre en otros países, explotados, reprimidos y poseídos.

Los cubanos hoy atribuyen la responsabilidad por el bloqueo económico, la prohibición de los viajes de estadounidenses a la isla, las campañas mediáticas de calumnias, las acciones terroristas y demás actos hostiles, al nivel más alto del sistema imperialista, ajeno a la voluntad y los intereses populares y, a veces, hasta de los del gobierno.

La ciudadanía norteamericana, que ha tenido que asimilar de manera estoica una de las más largas e intensas campañas de difamación que recuerda la historia universal contra una nación que es su vecina y, no obstante, prodiga con generosidad al pueblo vilipendiado tantas expresiones sencillas de amistad y solidaridad desde sus medios académicos, estudiantiles, artísticos, religiosos, obreros y de los demás sectores de su población, no podría ser tenido como su enemigo por los cubanos.

Por eso Cuba constituye un caso singular a nivel mundial de país donde jamás en el último medio siglo se ha quemado una bandera estadounidense, ni se grita “yankee go home”, ni se usa la consigna tan extendida globalmente de “Cuba si, yanquis no!”.

El día que la mayoría de los ciudadanos de esa gran nación acompañe a sus muchos y muy brillantes intelectuales progresistas en la comprensión de la advertencia que hiciera en 1960 el genial sociólogo estadounidense Charles Wright Mills en su libro “Listen, Yankee” (Escucha, yanqui), de que la revolución cubana sería precursora de un nuevo orden de relaciones Norte-Sur en el continente, América estará ingresando en el verdadero mejor futuro de la Humanidad.

Mayo de 2010.

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