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Es normal que cada año transcurrido agregue algo de olvido a cualquier acontecimiento. También es regla que los humanos se esfuercen por lograr un esclarecimiento a los eventos llamados a ser históricos que no hayan sido aclarados suficientemente. A resultas de ello, nuevas evidencias son llamadas a dar luz en las zonas oscuras del conocimiento de tales sucesos.

No ha sido así con el Nueve-Once, acto terrorista que hace nueve años mató en pocos minutos a unas tres mil personas en los Estados Unidos y fue motivo para que el gobierno de esa nación declarara una guerra al terrorismo contra un enemigo incierto, quizás virtual, y restringiera libertades en su propio territorio.

Ha sido una cruzada en la que Estados Unidos ha involucrado de una forma u otra a unos cincuenta países cuyos pueblos, en su conjunto, han sufrido millares de bajas, la mayoría de ellas civiles, un gran número de ellas menores, mujeres y ancianos.

Inicialmente, la guerra estadounidense contra el terrorismo tenía como el enemigo a derrotar a un misterioso líder del que se han tenido evidencias sólo cuando ha convenido a Estados Unidos ratificarlo como culpable principal del crimen. Se desplazaba el extraño terrorista por cuevas de Afganistán con su fantasmagórica organización militar.

Luego, sin explicación muy clara, se trasladó la inculpación al gobierno de Irak que, aunque se sabía que no tenia vínculo alguno con los supuestos bombardeos terroristas contra Nueva York y Washington, la inteligencia estadounidense tenía evidencias de que ese país acumulaba armas de destrucción masiva para emplearlas contra Norteamérica.

Sin mucha resistencia armada por parte del pequeño país rico en petróleo pero empobrecido por un bloqueo económico decretado por Estados Unidos algunos años antes, tras haberlo atacado militarmente, carecía de fuerzas para enfrentar a la superpotencia.

La acusación resultó falsa, las armas de destrucción masiva no existían, no obstante lo cual el presidente de Irak fue apresado y ejecutado por las fuerzas invasoras lideradas por Estados Unidos.

No habiendo podido consolidar la cruenta ocupación de Irak, sin reconocer la derrota de sus planes por tal motivo, Estados Unidos, con la OTAN de fachada, enfiló la guerra contra Afganistán, tras un enemigo no claramente identificado que, supuestamente, desde sus cuervas, pone en peligro la seguridad nacional de la potencia militar más poderosa que haya conocido la humanidad.

La versión oficial sobre el colapso de las Torres Gemelas sigue cuestionada por numerosos testimonios de expertos y científicos que alegan que se trató de una demolición controlada.

Se cuestiona la estricta orden de silencio ordenada a los bomberos de Nueva York y a la Administración Federal de Aviación.

Se contrasta el hecho de que los edificios 5 y 6 del World Trade Center (WTC) sufrieron incendios de consideración y no se derrumbaron pese a que tenían vigas de acero mucho más finas que las Torres, cuando el edificio número siete, afectado por un fuego relativamente pequeño, colapsó por entero.

Fue escandaloso que, tras el siniestro, la Agencia Federal para el Manejo de Emergencia extrajera y exportara a Corea del Sur las estructuras de acero de los edificios antes de que fueran analizadas según establecen las leyes que protegen la evidencia en la escena de todo crimen, hasta tanto se realicen los estudios forenses.

Aún hoy, nadie entiende por qué no fueron activadas durante el ataque las baterías coheteriles y la defensa antiaérea desplegada alrededor del Pentágono.

Nadie ha podido aclarar tampoco por qué los servicios secretos autorizaron a Bush a proseguir su visita a la escuela primaria sin preocuparse por la seguridad del presidente ni la de los escolares.

Es inexplicable que nadie haya sido encausado, sancionado o condenado por incompetencia, ni siquiera los constructores que habían certificado que las torres estaban a prueba de un Boeing.

Mucho menos ha podido Washington justificar la acusación de que el magno acto terrorista, de formidable complejidad tecnológica, haya sido obra de un grupo de 19 terroristas, de escaso nivel técnico y científico, miembros de la red Al Qaeda, dirigida por el saudita Osama bin Laden.

Cobra actualidad el caso del Kurt Sonnenfeld, norteamericano refugiado en Argentina sujeto a una implacable persecución por parte de las autoridades de Estados Unidos, considerado pieza clave en el desmontaje de la versión oficial de lo ocurrido el 11 de septiembre del 2001.

Sonnenfeld fue uno de los dos camarógrafos autorizados a filmar en la zona reservada durante la explosión de las Torres Gemelas de Nueva York. Allí vio cosas que sin dudas no debió haber visto, lo que le ha obligado a optar por huir de la persecución a la que está sometido, circunstancia que argumenta la posibilidad de que mas temprano que tarde quedará al descubierto la mentira más escandalosa que Washington ha orquestado en toda la historia para sus fechorías.

Septiembre de 2010.

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