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Hace cincuenta años, el Presidente de los Estados Unidos, General Dwight D. Eisenhower, dijo a sus principales asesores en la Casa Blanca: “Que Dios se apiade de este país cuando alguien que no conozca a los militares tanto como yo se siente en esta silla”.

La aseveración parece confirmarse a la luz de contradicciones que trascienden constantemente entre manifestaciones del actual Presidente, Barack Obama, y la intensificación de planes y acciones contradictorias por parte del Pentágono.

La guerra de Obama, como también se llama a la ocupación de Afganistán, es, a todas luces, un conflicto que acarrea un costo político exagerado que solo poniendo en tensión toda la gigantesca maquinaria mediática de la superpotencia es posible sobrellevar desde la Casa Blanca.

Cuando la OTAN, única coalición militar mundial actual, decidió apoyar a Estados Unidos en su invasión y ocupación de Afganistán apenas concluida su “guerra” de 78 días de bombardeos contra Yugoslavia, la alianza incursionó por primera vez en una ofensiva terrestre y fuera del mundo euro-atlántico. Para su agresión contra Afganistán, Washington logró colocar bajo su mando, con fachada de la OTAN, contingentes armados de cincuenta naciones de cinco continentes, avanzando hacia la forja de una fuerza armada global de ataque y ocupación, con su arsenal nuclear como fundamento. Afganistán prácticamente no tenía siquiera un ejército nacional regular capaz de defender al país frente a un agresor externo de sus mismas proporciones.

Los ambiciosos propósitos estadounidenses de dominación global llevaron a pasar por alto el hecho de que, para el asimétrico bando opuesto, el de los afganos, la ocupación extranjera, es una nueva afrenta como las que tantas veces han tenido que enfrentar y que siempre -más tarde o más temprano- han logrado rechazar a fuerza de coraje y sacrificios.

En días recientes se conoció de un episodio que consternó al público español: dos asesores de esa nacionalidad que entrenaban a nuevos policías afganos, fueron acribillados a balazos por algunos de sus alumnos, presuntamente talibanes, en medio de la clase.

Las conjeturas de los periodistas fueron múltiples acerca de las motivaciones de los asesinos; pero las informaciones que llegaron a occidente no parecían identificar la causa más evidente: el odio al ocupante extranjero.

Noam Chomsky, el respetado intelectual progresista de EEUU, en un artículo sobre Las Notas de Guerra (The War Logs) aportadas a Internet recientemente por la organización Wikileaks, cita un reporte del New York Times desde la provincia afgana de Helmand, principal centro de la insurgencia, en el sentido de que “Los marines han encontrado una identidad talibán tan dominante que parece una organización política en un pueblo de partido único, con una influencia que abarca a todos…”.

También cita palabras del jefe de la brigada expedicionaria de marines estadounidenses en la provincia de Helmand. “Tenemos que reevaluar nuestra definición del término enemigo. Aquí, la mayoría de la gente se identifica como talibán…”.

Para el profesor Chomsky los marines enfrentan un problema que siempre ha acosado a los conquistadores y que es muy familiar para EE.UU. desde Vietnam: “tratamos de superar la fuerza política del enemigo recurriendo a nuestra ventaja comparativa, la violencia, con resultados terribles.

Recuerda Chomsky que una encuesta del ejército reveló que cinco de cada seis pobladores consideraban a los talibanes sus “hermanos afganos”.

Tampoco la ciudadanía de los países aliados de la coalición de guerra manifiesta real solidaridad y apoyo en la “guerra” y, por ello, la táctica publicitaria que practican los medios corporativos es la de mantener las informaciones en un perfil bajo, cuando no es posible silenciarlas. Disimular los mensajes para impedir una reacción negativa, ha permitido a los líderes franceses y alemanes ignorar la oposición popular y aumentar su contribución de tropas a la Fuerza de Asistencia a la Seguridad Internacional pese a la oposición del 80% de los alemanes y franceses a envíos mayores de fuerzas.

En medio de tan poco propicio escenario para el cumplimiento de las promesas públicas de retirada de Afganistán que propicien un saludable futuro para sus aspiraciones de reeleccionistas en 2012, Obama enfrenta también una tirante situación con altos dirigentes del Pentágono, más interesados por el desarrollo de una estrategia militar regional contra Rusia, China e Irán que en la de su Presidente de avanzar hacia una retirada gradual a partir de 2011.

Se estima que fue gracias a una colosal presión militar que en el otoño de 2009 Obama accedió a enviar un nuevo contingente de 30.000 soldados y marines a cambio de un compromiso por parte de los militares de apoyar conversaciones para la retirada que se comenzarían en diciembre de este año, a fin de iniciar una retirada en julio de 2011.

Ahora, el compromiso parece olvidado y los militares marchan aceleradamente en su otra dirección, preparándose para una larga estancia, ampliando las bases actuales y abriendo otras nuevas.

¡Como lo previó Eisenhower!

Septiembre de 2010.

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