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Cuando leo o escucho noticias de Honduras invariablemente viene a mi mente, con admiración, el recuerdo de un mexicano de ascendencia hondureña que fue el más joven expedicionario de los 82 que, con Fidel Castro, desembarcaron cerca de las estribaciones de la Sierra Maestra el 2 de diciembre de 1956, dispuestos a librar la guerra de liberación que puso fin a la tiranía de Fulgencio Batista.

Se nombraba Alfonso Zelaya y sirvió a la revolución cubana con valentía y lealtad hasta su muerte en 1994, cuando le falló el corazón de visita en su Coahuila natal. Allí había nacido en 1936, hijo de un exiliado hondureño obligado a dejar su patria por su militancia en las luchas sociales. Alfonso era sobrino del poeta nacional hondureño, Alfonso Guillén Zelaya de quien tomó el “Guillen” para usarlo como el nombre de combate que nunca dejó.

Parece evidente el parentesco, de sangre y de militancia, con el ex presidente hondureño Manuel Zelaya, a la luz de la historia de dignidad y rebeldía escrita por este último antes, durante y después del Golpe de Estado del 28 de junio del 2009.

Con ese infame acto, las fuerzas neoconservadoras de Estados Unidos y la corrupta oligarquía local buscaban aplastar un gobierno que, aunque había sido electo en las difíciles condiciones que imponen los sistemas democráticos burgueses, se había propuesto una administración honesta de los asuntos públicos y acometía medidas de beneficio popular, para ellos inaceptables. Washington pretendía, sobre todo, agredir al ALBA, la asociación de solidaridad de los países más progresistas de la región para así iniciar una contraofensiva a nivel continental contra los avances de las fuerzas antiimperialistas y de izquierda, por la reimplantación de las relaciones de sometimiento y dominación antes existentes.

La brutal represión que existe hoy en Honduras no tiene nada de novedoso. La ciudadanía de esa nación centroamericana conoce de viejo los métodos con que la oligarquía servil a Estados Unidos ha ejercido el poder durante muchos años y su secuela de pobreza e injusticias.

Lo que si es nuevo es la intensidad de la resistencia popular en esa nación centroamericana, no porque a la historia de Honduras le hayan faltado líderes patrióticos para la lucha por la independencia política de España y, luego de lograrla hace 189 años, para dar sus vidas en la lucha por la segunda y definitiva independencia junto a sus hermanos latinoamericanos y del Caribe. El despertar de las masas aletargadas por los espejismos neoliberales, es lo inusitado.

Pretendiendo una legitimación de la dictadura llevada al poder por el golpe militar, Estados Unidos “recomendó” al gobierno de facto que efectuara los sufragios que llevaron a la elección de Porfirio Lobo, por los mismos motivos que Batista fue instado a celebrar espurios comicios que le confirmaron en la presidencia. Recientes farsas electorales en Irak y Afganistán han tenido iguales propósitos de legitimar sendas marionetas de Washington.

El pueblo hondureño pudo apreciar notables beneficios durante el gobierno progresista de Manuel Zelaya y ahora se percibe cómo todos los logros de aquella gestión se pierden en poco tiempo. Los privilegios que el gobierno del Poder Ciudadano suprimió a las poderosas compañías petroleras norteamericanas, sorteando grandes obstáculos, les han sido devueltos por los golpistas.

La integración al ALBA, proyecto solidario de gran utilidad para Honduras, se canceló para devolver al país a la voracidad de las políticas monetarias y el sistema financiero internacional sostenido por los grandes bancos norteamericanos.

Nada más parecido a una situación pre-revolucionaria es la que vive hoy Honduras. De una parte, represión selectiva y general; desapariciones; asesinatos; violaciones a los derechos ciudadanos; torturas de prisioneros; censura, amenazas y secuestros de periodistas. De la otra, avances de la resistencia popular que le ha perdido el miedo a los militares y los policías, concertación de los movimientos populares en un activo Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP), e incorporación individual y colectiva creciente a la lucha de personas y organizaciones sociales y profesionales.

La victoria del pueblo cubano el primero de enero de 1959 no habría sido posible sin el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.

Esa fue la contradictoria contribución de la oligarquía cubana, bochornosamente dependiente del imperialismo estadounidense, a la gloria presente de esta isla y, por extensión, al porvenir de toda la América Latina y el Caribe.

El solo hecho de que los cubanos, pese a enfrentar la más larga campaña de difamación mediática de la historia humana y el más extenso bloqueo económico, comercial y financiero que haya sufrido nación alguna, hayan salvado su revolución y puedan exhibir hoy algunos de los índices de calidad de vida más elevados del tercer mundo, demuestra que los sueños de los padres de las patrias latinoamericanas eran realizables.

Sin la resistencia al imperio de los cubanos por más de medio siglo, las perspectivas latinoamericanas de hoy serían impensables.

El vergonzoso golpe de junio de 2009 contra América Latina en Honduras está siendo resistido con firmeza por los hondureños. El futuro es de grandes esperanzas.

Septiembre de 2010.

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