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Una gran parte de la ciudadanía estadounidense, entre ellos muchos amigos de Cuba que abogan por la normalización de las relaciones bilaterales, erróneamente consideran, al cabo de medio siglo de difamación en los medios contra la revolución cubana, que la confrontación deriva de la orientación política del gobierno de Cuba desde 1959.

Pero lo cierto es que el enfrentamiento entre las ideas cubanas de independencia y las anexionistas de la élite del poder de Estados Unidos precede en más de un siglo y medio al triunfo revolucionario.

Basta citar que ya en 1805, en el marco de la rivalidad de entonces entre Estados Unidos y Gran Bretaña por América Latina, el presidente Thomas Jefferson anunció al gobierno británico que, de entrar en guerra con España, Washington podría apoderarse de la isla de Cuba, cuya conquista le era necesaria para la defensa de Luisiana y Florida y, además, le resultaría fácil.

En agosto de 1807, Jefferson acariciaba la idea de que Cuba, por iniciativa propia, se agregaría a la confederación y, en 1809, ya siendo ex-Presidente, en carta a su sucesor, James Madison, le ratificó que él siempre había visto en Cuba “la más interesante adición que se puede hacer a nuestro sistema de estados”.

En 1822, John Quincy Adams, siendo Secretario de Estado del Presidente James Monroe sentenció que, “para nuestros intereses, la importancia de Cuba, no es comparable con la de ningún otro territorio extranjero”.

Respecto a los motivos por los que Estados Unidos no hubiera aprovechado la debilidad del impero español para apoderarse de Cuba, en el libro “John Quincy Adams y los fundamentos de la política exterior americana” publicado en 1973, su autor, Samuel Flagg Bemis, afirma que:

“Cuba era de vital interés para Estados Unidos, pero prefería que la isla continuara temporalmente en manos de España. Los presidentes Jefferson, Madison y Monroe no sintieron hacia los esfuerzos revolucionarios cubanos tanta simpatía como la que sintieron hacia los de las provincias españolas en el continente. (…) temían que una rebelión en Cuba sin que se resolviera antes la cuestión de la esclavitud en Estados Unidos pudiera perturbar la anexión final de la isla”.

Es muy conocida la doctrina de la fruta madura o ley de la gravitación política formulada por John Quincy Adams cuando era Secretario de Estado en 1823, recogida así por él en sus memorias:

“Cuando se echa una mirada hacia el curso probable de los acontecimientos en los próximos cincuenta años, es casi imposible resistirse a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República federal será indispensable para la continuación de la Unión Norteamericana y el mantenimiento de su integridad (…)

“Es obvio que para tal acontecimiento no estamos todavía preparados y que, a primera vista, se presentan numerosas y formidables objeciones contra la extensión de nuestros dominios dejando el mar por medio… Pero hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana, y hacia ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno”.

Desde entonces, hasta hoy, la doctrina de la fruta madura permea la política de la elite conservadora estadounidense.

Tras su fácil victoria en la guerra contra España, Washington creyó completada, con Cuba y Puerto Rico, la absorción de la América hispana según lo determinado por la doctrina del Destino Manifiesto y la doctrina Monroe de “América para los americanos”.

El desarrollo de la conciencia independentista durante más de treinta años de cruentas luchas impidió que la absorción de Cuba resultara un simple cambio de amo, como le ocurrió a Puerto Rico.

Esa conciencia libertaria es la que se expresa en la negativa sistemática de los cubanos a renunciar a un ápice de su soberanía y su derecho a construirse el futuro que hoy ejercen a plenitud, contrastando con las muchas cosas que acercan a los pueblos norteamericano y cubano en la geografía y la cultura que inducen a una empatía que debía primar en la relaciones oficiales.

Solo identificando el origen verdadero de un conflicto, puede saberse lo que es necesario cambiar para hallarle solución.

Julio de 2011.

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