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Es notable el hecho de que poco más de un millón y medio de cubanos en Estados Unidos (no todos tienen derecho al sufragio) tengan dos senadores y cuatro representantes en el Congreso de Washington, proporción que sobrepasa la de mexicanos y boricuas, que por su número incomparablemente mayor, en el primer caso, y por el status colonial que sufren, en el segundo, debían tener una representación más numerosa.

Los cubanos tienen mayor representación en Congreso que los pobladores de los estados de Wyoming, Montana, Idaho, Nevada, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Utah, Alaska, Rhode Island, Maine, Hawái y Nuevo México.

Igual que el independentismo, el anexionismo en Cuba tiene en sus raíces la inconformidad de los cubanos con el colonialismo español. Ambas corrientes competían con la reformista que se contentaba con un alivio del yugo colonial.

Cuando el resto de las provincias hispanas de América habían accedido a la independencia, Cuba seguía obligada a permanecer como “la siempre fiel”, junto a Puerto Rico.

Los anexionistas cubanos que emigraron a Norteamérica en el siglo XIX tienen en común con las élites económicas que lo hicieron en los años 60 del siglo XX su incompatibilidad con las ideas independentistas de los revolucionarios cubanos.

Cuando en 1959 llegaron a Miami centenares de deshonestos funcionarios de la tiranía de Fulgencio Batista con sus maletas llenas de dólares robados al tesoro público, también huían cientos de represores militares, torturadores y asesinos con las manos ensangrentadas. Unos evadían la justicia criminal, otros la justicia social. Ambos fueron germen de lo que llegó a ser la mafia cubana de Miami que tanto ha pesado, durante más de medio siglo y bajo el gobierno de once inquilinos de la Casa Blanca, en las relaciones de Estados Unidos con Cuba.

Incorporando su vasta experiencia delictiva al entrenamiento recibido de la CIA para misiones militares y terroristas contra la revolución cubana, esos truhanes impusieron métodos pandilleros de control sobre el conjunto de la población de inmigrantes cubanos en la Florida, adquiriendo una autoridad sobre el voto electoral de éstos que agregó, a su poder económico de espurio origen, un poder político que se disputan los dos partidos que se distribuyen los cargos electivos en Estados Unidos.

El hegemonismo estadounidense, amenazado por la decisión de los dirigentes revolucionarios de asumir el poder real del país en nombre de los intereses populares y en favor de las reivindicaciones más estratégicas y urgentes de la población, optó por la violencia para recuperar el control de la isla. Para ello, le eran más útiles los experimentados represores preparados por asesores del Pentágono durante la tiranía de Batista que los burgueses que demandaban a Estados Unidos que les recuperara sus latifundios y negocios nacionalizados por la revolución.

Pero sucesivos fracasos de los planes violentos llevaron a la extrema derecha estadounidense, en especial durante los gobiernos de Bush padre y su hijo, a acometer la alternativa de empoderar a la extrema derecha cubana del Sur de la Florida ofreciéndole, turbios manejos mediante, una representación política sobredimensionada.

Los políticos de origen cubano en Estados Unidos –una buena parte de ellos descendientes familiares de homólogos en la política cubana o de agentes represivos policiales de la tiranía de Fulgencio Batista (1952-1959)- comenzaron casi todos sus carreras políticas bajo auspicios de las agresiones de Washington contra Cuba, en los grupos extremistas armados por la CIA y otras agencias de espionaje y subversión, en Miami y Nueva Jersey, principalmente.

En los congresistas de origen cubano y en la cúpula del poder político de la comunidad isleña sigue primando la línea que rechaza el contacto con Cuba. En la base, sin embargo, se aprecian ya grandes cambios que no reflejan los medios corporativos.

Una reciente polémica epistolar entre Hillary Clinton e Ileana Ros-Lethenien, muestra a la congresista “batistiana” más agresiva contra los intereses de los inmigrantes cubanos que la canciller estadounidense.

Hago notar, no obstante, que el pensamiento anexionista no es algo que caracterice a la emigración cubana en Estados Unidos, ni antes ni ahora. Solo una parte relativamente menor ha estado o está dispuesta a renunciar a la identidad cubana para satisfacer sus ambiciones propias aprovechando los apetitos históricos de EEUU respecto a Cuba.

José Martí, primero, y Fidel Castro, hace algo más de medio siglo, fueron capaces de promover movimientos basados en la ideología de la lucha independentista en la emigración cubana en Estados Unidos cuyas raíces no han podido hacer desaparecer las campañas de odio y mentiras.

Agosto de 2011

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