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El pensamiento y la acción de un destacado político socialista norteamericano que vivió de 1855 a 1926, Eugene Victor Debs, inspiró un sustancial artículo sobre el sistema electoral de Estados Unidos recién aparecido en la Black Agenda Report, de Marietta, Georgia, con la firma de Bruce A. Dixon, editor gerente de esa publicación y miembro de Comité Estadual del Partido Verde de Georgia, EE.UU.

Eugene Debs fue un destacado líder obrero estadounidense, fundador de la Unión Obrera Internacional y la Industrial Workers of the World (IWW) así como varias veces candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Socialista de América, lo que le convirtió en uno de los dirigentes progresistas más conocidos de la nación.

Debs descartaba toda posibilidad de triunfo de una causa popular en los procesos electorales de su país por la forma en que éstos estaban concebidos y rechazaba los pactos políticos para lograr cargos en las administraciones locales. Daba mucho valor, sin embargo, a la organización de los obreros en sindicatos. Veía a la clase obrera como una clase que debía organizarse, educarse y emanciparse por sí misma.

Siendo dirigente de la American Railway Union (ARU) fue apresado durante el gobierno del presidente Grover Cleveland que utilizó fuerzas del ejército para aplacar una gran huelga de la Pullman Palace Car Company contra rebajas salariales. En prisión, Debs se hizo socialista y, al salir de ella, emergió como el más prominente socialista de las primeras décadas del siglo XX en su país. Fue candidato a la presidencia en 1900, 1904, 1908, 1912 y 1920, en esta última ocasión desde una celda en prisión. Luego de cumplir su sentencia, dedicó los últimos años de su vida a hacer proselitismo por la causa socialista.

Decía Debs que era “preferible emitir un voto con sentido por lo que se quiere y no lograrlo, que emitir uno falso y vació por lo que no se quiere, aunque se logre”.

En su artículo, Bruce A. Dixon señala que, aunque los votantes negros históricamente han sido más opuestos a guerras en el extranjero y a las intervenciones militares, sus votos para estas próximas elecciones están comprometidos con un presidente que formuló un discurso de guerra cuando recibía un premio de paz, que invadió países árabes y africanos con aviones no tripulados y fuerzas especiales, y que apoya de todo corazón el apartheid israelí.

Dixon sostiene que la brecha entre el poder legal y simbólico del voto y su capacidad real de cambiar las cosas para bien es enorme porque las autoridades temen grandemente a la voz del pueblo y por ello han construido leyes y costumbres que aseguran que ésta sea rara vez escuchada y casi nunca atendida.

“Nos permitirán escoger entre un republicano ignorante, racista y maniático que promete dar carta abierta a banqueros bandidos, contaminadores y criminales corporativos, y un liberal demócrata íntegro, talentoso y ecuánime partidario del libre mercado que haga exactamente eso mismo, independientemente de que haya prometido otra cosa”.

“Los poderes que dirigen nuestra economía, nuestros medios y nuestro sistema político –escribe Dixon- no nos dejan votar acerca del regreso a casa de nuestras tropas en 140 países y en los siete mares, o si debemos continuar gastando más en armas letales de destrucción que lo que gasta el restante 95% de la humanidad. Jamás nos permitirían votar respecto al precio de la gasolina, los alimentos, la vivienda, el crédito o la matrícula en la enseñanza superior. Pero no les quita el sueño que escojamos entre candidatos republicanos financiados por las corporaciones y demócratas igualmente financiados por las corporaciones… ni que escojamos entre un blanco y un negro, siempre y cuando el blanco y el negro sean gente de ellos.

Afirma Dixon que “la imposición de elecciones falsas y sin sentido en Estados Unidos es la manera de reprimir nuestras voces, para que nuestros votos se pierden y se hagan irrelevantes. Es así como se secuestra la autoridad legal y simbólica de millones de nuestros inútiles votos en cada ciclo electoral, para hacer posibles esas guerras que no apoyamos, ratificar políticas que nunca hemos querido y formular promesas que sabemos, o debíamos saber, que nunca serán cumplidas”.

Concluye aseverando que “si queremos que nuestros votos tengan algún significado, es hora de rechazar la falsa opción entre dos partidos corporativos. Es tiempo de despertar, crecer y, como adultos que somos, mirar más allá de las golosinas del postre, o de las próximas dos o tres elecciones”.

Febrero de 2012.

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