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Con justificada indignación, millones de personas en todo el mundo claman por el cierre del centro de tortura de prisioneros que opera el gobierno de Estados Unidos en la base militar que ilegalmente mantiene en territorio cubano. Pero tal reclamo soslaya otro crimen igualmente repudiable y del mismo delincuente.

Un artículo titulado Entreguemos Guantánamo a Cuba firmado por Jonathan M. Hansen, profesor de estudios sociales en la Universidad de Harvard, Massachusetts, halló, sorpresivamente, espacio en el New York Timesen días recientes, paradenunciar “nuestra mantenida ocupación del territorio de Guantánamo” y señalar que “ya es hora de devolver este enclave imperialista a Cuba”.

La ilegalidad de mantener esta base militar en territorio cubano ha sido silenciada en los grandes medios occidentales que se rigen por los intereses propagandísticos de Washington por más de un siglo, mientras Cuba ha cuidado siempre de mantener su denuncia en un nivel diplomático, mas bien discreto, para evitar facilitar algún pretexto a Estados Unidos para una agresión militar argumentando acciones cubanas en torno a esta presencia indeseable.

El profesor J. M. Hansen recuerda en el artículo que “desde el momento en que el gobierno de los Estados Unidos obligó a Cuba a arrendarle un terreno en la bahía de Guantánamo como base naval en junio de 1901, su presencia ha servido para recordar al mundo la larga historia de militarismo intervencionista de Washington”.

“Pocos gestos tendrían efecto más saludable en el callejón sin salida de las relaciones cubano-estadounidenses que la devolución de este codiciado pedazo de tierra”, apunta.

“Las circunstancias por las que Estados Unidos llegó a ocupar Guantánamo son tan preocupantes como las de su última década allí”, dice Hansen. Recuerda que, cuando en abril de 1898 los cubanos tenían casi ganada la lucha contra el colonialismo español, Estados Unidos intervino y convirtió la Guerra de Independencia de Cuba en lo que aún llaman Guerra Hispano-Americana. Ocupó la Isla durante tres años, excluyó al Ejército independentista de Cuba en la negociación del armisticio y les negó a los cubanos un lugar en la conferencia de paz de París.

Pese a que en sus declaraciones de entonces Estados Unidos incluía la garantía de que no pretendía “intervenir en la soberanía, jurisdicción o control” sobre Cuba, poco después de la guerra, los imperativos estratégicos primaron sobre el respeto a la independencia cubana, dice el articulo aparecido en el NYT.

El general Leonard Wood, nombrado gobernador militar de Cuba por el presidente William McKinley introdujo las disposiciones que se conocieron como la Enmienda Platt, dos de las cuales fueron particularmente repudiables: la que otorgaba a Estados Unidos el derecho de intervenir a voluntad en los asuntos cubanos, y la que instituía la venta o arrendamiento perpetuo de estaciones navales en Cuba.

La alternativa a la Enmienda Platt –según informó Wood a los delegados a la asamblea constituyente- era la continuación de la ocupación. Los cubanos entendieron el mensaje, escribe Hansen.

Durante las próximas dos décadas, Estados Unidos envió en repetidas ocasiones infantes de marina a “proteger sus intereses en Cuba” y 44.000 norteamericanos se establecieron en Cuba, para impulsar la inversión de capital en la isla.

Hansen compara esta situación con la que se hubiera dado en Estados Unidos si al final de la Revolución en Norteamérica los franceses hubieran decidido permanecer allí, negándose a permitir que Washington y su ejército asistieran a la tregua en Yorktown. “Imagínense que hubieran negado a los estadounidenses un asiento en el Tratado de París, que expropiaran los bienes de los ingleses, ocuparan el puerto de Nueva York, enviaran tropas para aplastar a los Shays y a otras rebeliones y luego emigraran en masa a las colonias robándose lo más valioso de nuestras tierras”.

Hansen sostiene que en similar contexto Estados Unidos ocupó Guantánamo. Es una historia excluida de los libros estadounidenses de texto y abandonada en los debates sobre terrorismo, derecho internacional y alcance del poder ejecutivo. Pero es una historia conocida en Cuba y en toda América Latina que explica por qué Guantánamo sigue siendo un símbolo evidente de la hipocresía en todo el mundo, aún sin hablar de la última década, reitera Hansen.

Si Obama reconoce esta historia y pone en marcha el proceso de devolución de Guantánamo a Cuba –dice- comenzaría a reparar los errores de los últimos diez años que pesan sobre nosotros, por no hablar de cumplir con una promesa de su campaña electoral.

Así rectificaría un agravio secular y sentaría las bases para las nuevas relaciones con Cuba y otros países del hemisferio y en todo el mundo”, dice el artículo aparecido en el NYT en días recientes.

Diciembre de 2012.

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