La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, en su segunda reunión cumbre celebrada los días 28 y 29 de enero de 2014 en La Habana, proclamó solemnemente, como su acuerdo más trascendental, a América Latina y el Caribe como Zona de Paz.

Se trata de una declaración política de enorme significación geopolítica e histórica cuando se valora que esa región se sitúa directamente en la frontera sur de la superpotencia única en nuestros días, cuya doctrina militar parte de conceptos ofensivos que preconizan el hegemonismo, el derecho al uso de la fuerza y las amenazas en las relaciones internacionales -incluyendo el uso de armas nucleares y de destrucción masiva- contra países del Tercer Mundo. Integrado por 33 países que destacan por su heterogeneidad y variedad de intereses pero movidos por una vocación solidaria de
complementación y concertación, la CELAC basa su fuerza en la necesidad de su unidad a partir del reconocimiento y respeto de su diversidad.
Con la conciencia de su peso específico en el conjunto de la comunidad hemisférica, América Latina y el Caribe se comprometen con esta proclama, a desterrar para siempre el uso de la fuerza y la amenaza de la fuerza en la región; resolver de manera pacífica sus
controversias; cumplir estrictamente con la obligación de no intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos de cualquier otro Estado; observar los principios de soberanía nacional, igualdad de derechos y libre determinación de los pueblos; fomentar las relaciones de amistad y cooperación entre sí y con otras naciones independientemente de las diferencias entre sus sistemas políticos, económicos y sociales o sus niveles de desarrollo; convivir en paz, como buenos vecinos, practicando la tolerancia y el respeto al derecho de todo Estado a elegir su sistema político, económico, social y cultural, como condición esencial para asegurar la pacífica
convivencia entre las naciones.
Estos preceptos han surgido de la experiencia de una región que luego de lograr liberarse de colonialismo ha tenido su derecho a la paz conculcado por la superpotencia imperialista más poderosa que haya conocido la Humanidad, con sus agresiones y amenazas.
La paz impuesta por las guerras no puede ser, ya entrado el Tercer Milenio, un pasivo fruto bélico. La Humanidad tiene hoy cultura y experiencia suficientes como para trazarse la paz como un objetivo consciente y así lo están haciendo América Latina y el Caribe. Pero la paz en nuestros días solo es posible enmarcada en imperativos de diversidad fundados en la solidaridad, democracia verdadera tanto en el ámbito nacional como en las relaciones entre estados, y justicia real como expresión de la vigencia de los derechos sociales e individuales del hombre y los pueblos.
La Humanidad ha alcanzado ya madurez suficiente como para evitar su propia extinción como especie y, con una cultura de paz que refleje los reales valores del género, es capaz de salvar su destino, no obstante la increíble locura con que actúa en nuestros días la superpotencia imperialista.
Construir una cultura de paz supone elevar al primer escalón de los intereses de cada nación en sus relaciones con otros países la prevención de conflictos, la solución pacífica de controversias, el diálogo, la negociación, el entendimiento, la colaboración y la inteligencia humana.
Significa excluir las filosofías de la guerra y el despojo en las relaciones internacionales y sustituirlas por la solidaridad y la amistad entre los pueblos; pronunciarse categóricamente contra la doctrina de las guerras preventivas y la idea de que un país proclame y ejercite impunemente un derecho a cambiar el régimen de otro país que nadie le ha conferido.
Una cultura de paz se refleja en la exigencia por parte de la ciudadanía a sus gobernantes de un estricto cumplimiento de los principios fundamentales del derecho internacional como son la libre determinación de los pueblos; el respecto a la plena soberanía de éstos sobre los recursos y riquezas naturales propios; la amistad y la colaboración en las relaciones entre los estados, y el respeto por todos los estados, ricos y pobres, de los derechos humanos consagrados en la Carta de las Naciones Unidas y en los tratados sobre derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos. No puede haber paz entre naciones sin soberanía de los pueblos.
La cultura de paz que es necesario forjar en los pueblos como contribución al más entrañable anhelo humano, ha de estar sentada en colaboración sincera y solidaridad irrestricta con otros pueblos necesitados de asistencia o justo apoyo, así como en una doctrina militar cuya premisa sea siempre que evitar una guerra es mejor que ganarla.
Febrero 1º de 2014.

 

Anuncios