VALORES UNIVERSALES DE DERECHOS HUMANOS
Por Manuel E. Yepe

Resulta indignante la liberalidad con que voceros del gobierno estadounidense defienden el respeto de los “valores universales de los derechos humanos que son tan importantes en Estados Unidos” y cómo ignoran otros valores que la humanidad ha considerado también indispensables para la convivencia global.
Para notarlo no hay que acudir al recuerdo de violaciones de los derechos humanos tan abominables como el lanzamiento de sendas bombas atómicas sobre dos ciudades japonesas pobladas densamente sólo para mostrar que estaban en posesión de un arma de enorme potencia capaz de asegurarles la dominación del mundo. Asesinaron más de medio millón de civiles inocentes sabiendo que Japón ya había comunicado su
disposición de rendirse.
Tampoco hay que recurrir a los problemas sistemáticos de la sociedad estadounidense como las imperfecciones de su sistema electoral, la discriminación racial, la xenofobia, la sobrecarga de sus prisiones y la aplicación de la pena de muerte, incluyendo a personas inocentes, enfermos mentales y adolescentes.
No obstante estos antecedentes, desde que concluyó la Guerra Fría, la superpotencia única del mundo se ha dado a la injerencia en los asuntos internos de otras naciones soberanas enarbolando la bandera de principal defensor y árbitro de los derechos humanos.
Con fórmulas imperiales que casi siempre hacen cómplices a alianzas multinacionales, organizaciones no gubernamentales o terceros países bajo su control o fuertemente influenciables, derroca gobiernos legítimos, desata guerras civiles, lleva a cabo ejecuciones
extrajudiciales, asesinatos teledirigidos con drones y otras formas de irrespetar los derechos de los demás y descargar en terceros la responsabilidad.
Estados Unidos pretende que los derechos humanos, como concepto, queden reducidos a algunos derechos civiles que en verdad son pretendidas atribuciones del capital financiero. Tal es el caso del derecho de los pueblos a la libertad de expresión, que reducen a la defensa de la libertad atribuida a los dueños de los mayores medios de prensa de manipular a su antojo y conveniencia la información pública.
La élite del poder estadounidense sencillamente no comulga con la concepción de que en el mundo plural en que vivimos debe respetarse esa pluralidad porque constituye un derecho humano fundamental de los pueblos escoger para sus naciones el modelo democrático y el sistema político que consideren más apropiados. Y que ello lo hagan atendiendo a las condiciones, especificidades, antecedentes históricos, sociales y económicos de cada país, sin que sea admisible establecer un referente único para ello, como acostumbra a hacer Washington en los espacios donde señorea.
Ya la Humanidad no puede conformarse con sociedades en las que todo se resuelva en el mercado, donde todo se venda y se compre. Por mucha importancia que se confiera a la libertad de prensa y de pensamiento, estos derechos no pueden subordinarse al dinero y al mercado; no debían ser vendibles ni comprables. Lo que ha significado el egoísmo como motor impulsor del capitalismo tiene que ceder paso a la solidaridad que debe caracterizar a las relaciones humanas del futuro. Estados Unidos no colabora con mecanismos internacionales para quejas colectivas por violaciones de los derechos humanos por los gobiernos al considerar que su sistema judicial es suficiente y puede lidiar con ese problema sin asistencia foránea. Washington solo participa en tres de los nueve acuerdos sobre derechos humanos. No ha firmado la declaración sobre liquidación de todas las formas de discriminación de la mujer ni la convención sobre los derechos del niño.
Los encarcelamientos indefinidos y sin juicio de personas por supuestos vínculos con el terrorismo en la ilegal base naval que Estados Unidos mantiene en el territorio cubano de Guantánamo; los arrestos arbitrarios y secuestros en terceros países; el irrespeto de las normas del derecho internacional en zonas de conflicto y en las operaciones antiterroristas; el uso desmedido de la fuerza y su tratamiento abusivo en la persecución policial de acusados sobre la base de pruebas dudosas; el encubrimiento de punibles actividades de la CIA y funcionarios responsables de realizar torturas y masivas violaciones de los derechos humanos, así como los abusivos métodos de vigilancia sobre su propia sociedad y la injerencia en la vida privada de sus ciudadanos bajo el pretexto de la guerra contra el terrorismo, descalifican totalmente a Estados Unidos como árbitro en esta materia. La promoción y protección de los derechos humanos, además, no debía limitarse sólo al espacio en que cada pueblo ejerce su soberanía, sino también a la solidaridad con los pueblos de las demás naciones del mundo en aquellas esferas en las que posea condiciones materiales y humanas ventajosa para hacerlo, siempre con absoluto respeto de la autoridad soberana de los gobiernos receptores y sin pretender beneficios adicionales por esa ayuda.
Mayo 27 de 2015.

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