ENTRE LA DULCE INOCENCIA Y EL GARROTE VIL
Por Manuel E. Yepe

“El asesinato por la policía de gente pobre de color, que ocurre con una frecuencia aproximada de dos por día en Estados Unidos, no es sólo reflejo del uso indiscriminado de fuerza letal, también obedece al mantenimiento de un clima permanente de terror en las comunidades marginales. Se trata de hacer imposible para los pobres -descartados por el capitalismo corporativo como mano de obra excedente-
organizarse para vivir existencias significativas… y resistir. “Es el terror por diseño. Y no se detendrá hasta tanto los policías sean desarmados y la autoridad para el uso de fuerza letal se restrinja a unidades policiales especializadas rigurosamente obligadas a rendir cuentas ante la ley.
“Hasta que el estado de derecho no se haga realidad para quienes viven en comunidades marginales destruidas por la pobreza y se detenga la matanza a tiros de pobres en nuestras calles, la pesadilla no acabará. Mientras se sigan expandiendo la pobreza y la desigualdad, esta pesadilla seguirá creciendo”.
Son estas algunas de las ideas contenidas en una enjundiosa denuncia del grave problema de la violencia policial contra la población negra y mestiza en Estados Unidos, hecha por el ministro presbiteriano Cristopher Hedges, autor de varios libros sobre el tema quien, además, ha sido corresponsal de prensa en más de 50 países, informando para The Christian Science Monitor, National Public Radio, The Dallas Morning News y durante 15 años para The New York Times.
Familias enteras ahogadas por el dolor, invisibilizados por los medios de comunicación, aterradas por los peligros que amenazan a sus hijos, sin encontrar justicia y, abatidos por la pobreza (el peor de todos los delitos) deben soportar el infierno de los masivos encarcelamientos, las leyes represivas que se traducen en
linchamientos y las patrullas de esclavistas.
Este terror es la actual manifestación de la supremacía blanca y expresión de un Estado capitalista corporativo que crea enormes masas de desempleados y subempleados; indigentes y buscadores desesperados de trabajo que son mantenidos en estado constante de miedo, que los hace fácilmente explotables e incapaces de sublevarse contra sus opresores.
“Hace unos días –relata Hedges- me encontré con tres madres en Santa Ana, cuyos hijos habían sido asesinados por la policía en el condado de Orange, California. Uno de ellos, Manuel Díaz, quien estaba desarmado, fue muerto a tiros el 21 de julio de 2012, por un oficial de policía de Anaheim nombrado Nicholas Bennallack, también
responsable de otro fatal tiroteo en 2012. Bennallack fue absuelto en ambos procesos por estos dos asesinatos.
El 22 de julio de 2012, durante las protestas por el homicidio de Manuel Díaz, fue asesinado el joven de 21 años Joel Acevedo por el oficial de policía Kelly Phillips, quien, a su vez, había participado en 2009 en la muerte a tiros de César Cruz. Phillips también fue absuelto dos veces.
Paul Joseph Quintanar, de 19 años, murió atropellado por un vehículo en la autopista cuando oficiales de la policía le perseguían para arrestarlo en 8 de septiembre de 2011. Marcel Ceja fue asesinado a tiros por un policía en Anaheim el 4 de noviembre de 2011, cuando se dirigía a una tienda con dos amigos.
Ni Quintamar, ni Ceja estaban acusados de delito alguno, ni andaban armados al momento de sus asesinatos.
Sólo en Anaheim, ciudad en el sudoeste de California, sede de Disneylandia, donde se ofrece una fantástica imagen de una
Norteamérica supuestamente feliz, la policía mató, entre 2003 y 2011, a 37 personas (21 de ellos, negros), recuerda Hedges. Todos los policías implicados fueron exonerados.
Los asesinatos y las intimidaciones de la policía de Anaheim tienen lugar a la vista de Disneyland, el seductor centro turístico que la policía de Anaheim “protege” celosamente. Cuando el aniversario de la sublevación de julio de 2012, el Departamento de policía de Anaheim dispuso de blindados anti motines para su “protección”.
“La corporación Disney pretende ocupar estos barrios y limpiarlos de sus actuales moradores para dejarlo todo muy bonito, a pesar de que hoy son sus habitantes los que sirven la comida e higienizan los alrededores de Disneyland por el salario mínimo y sin prestaciones médicas”, según denunciaron los vecinos a Hedges. “Disney proyecta un espejismo de inocencia infantil pero, ante cualquier alboroto, enseña el garrote de la represión”.
Cuando las protestas callejeras de julio de 2012, Disneyland hizo sonar fuegos artificiales para acallar los gritos de la gente con las explosiones en el cielo. “Este cuadro bastaría para explicar todo lo que uno necesita saber sobre ciudades como Anaheim y corporaciones como Disneyland”, significa Hedges.
Octubre 14 de 2015.

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