ELECCIÓN SORPRENDENTE Y CONTRADICTORIA
Por Manuel E. Yepe
Exclusivo para el diario POR ESTO! de Mérida, México.
https://manuelyepe.wordpress.com/

Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 tuvieron un resultado sorprendente y revelaron una contradicción evidente. Donald Trump, un multimillonario voraz, dirigirá los asuntos del país más poderoso del mundo tras obtener el triunfo contando con los votos de una parte sustancial de la clase obrera de la nación norteamericana. “En una sociedad racional, la ascensión democrática al poder de un matón tiránico, vulgar y orgulloso capitalista con la anuencia e incluso el apoyo de una clase trabajadora desesperada, no podría jamás ocurrir. Pero Estados Unidos no es una sociedad racional”. Así lo constata con clara óptica marxista el analista norteamericano Zoltan Zigedy.
Desde su fundación por pudientes comerciantes y abogados, Estados Unidos ha dispuesto de características institucionales para enfrentar y vencer cualquier posible movimiento electoral capaz de desafiar a los ricos y poderosos. La “separación de poderes” en tres modos de gobierno, la equilibrada tensión entre potencia y poder federal de los estados que componen la Unión, el extraño engendro del “Colegio Electoral” y el evolucionado sistema bipartidista, prácticamente aseguran una república inmune a cualquier cambio radical o una insurgencia electoral.
Los principales avances democráticos (el final de esclavitud, el sufragio femenino y el fin oficial de la segregación, entre otros) han obtenido sus triunfos en el campo de batalla y en las calles, no en cabinas de votación. Todo ello, unido a que dos grandes partidos son propiedad del capital monopolista, prácticamente garantiza que los trabajadores tengan una voz menor en los asuntos del Estado. Los trabajadores estadounidenses han sufrido por la fuga de capitales a mercados extranjeros con mano de obra barata y por la
desindustrialización resultante de este éxodo. La facilidad con que los capitales pueden moverse hacia objetivos que requieren menos mano de obra y tienen menores costos, así como diversos avances en la logística industrial, han atrapado a los trabajadores de la nación estadounidenses en una especie de tijeras entre la pérdida de los empleos y los radicales recortes en los salarios y beneficios. Añádanse a ello los efectos del colapso económico 2007-2008, y se tendrán las razones por las que el núcleo industrial de la clase obrera de Estados Unidos ha sido devastado, afirma Zigedy.
Las ciencias sociales han documentado el dramático aumento de los suicidios, el alcoholismo y la drogadicción que han afectado a la clase obrera estadounidense durante la última década. Lo que es singular en este momento es que los trabajadores blancos también han sentido el peso del abandono de la manufactura por el capital en Estados Unidos. En el pasado, la política corporativa de “últimos contratados, primeros despedidos” y otras barreras racistas habían aislado a los trabajadores blancos de los peores efectos de las políticas laborales y las crisis. Las minorías y las mujeres radicaban fuera del centro de trabajo y como regla absorbían los impactos. Pero hoy, las ventajas de los blancos se han deteriorado en las condiciones de la empresa hiperexplotadora del siglo XXI. Con la amenaza del comunismo temporalmente debilitada, el capitalismo global no necesita sobornar con privilegios a la clase obrera blanca tanto como lo hacía en el pasado. En consecuencia, buena parte de los trabajadores blancos también sufren los efectos económicos de saqueo corporativo, enfatiza Zigedy.
Como era de esperarse, los trabajadores blancos respondieron de maneras diferentes y contradictorias. Muchos volvieron a viejos patrones de búsqueda de chivos expiatorios, culpando a los negros, las mujeres y los inmigrantes por la pérdida de sus puestos de trabajo y su decrecimiento económico. Otros culpan a las elites de ambos partidos y sus políticas por permitir, o incluso alentar, el desmantelamiento de las fábricas en Estados Unidos, la exportación de sus puestos de trabajo y la destrucción de comunidades en el medio oeste norteamericano. “Por supuesto algunos adoptaron ambas
respuestas”, apunta el analista.
Todo esto enajenó al partido demócrata -el partido político que grandes masas de trabajadores identifican como suyo- el apoyo de una gran cantidad de trabajadores blancos que habían votado anteriormente dos veces por Obama y ahora cambiaron su voto.
Muchas comunidades predominantemente blancas de antiguas fortalezas industriales (Wisconsin, Michigan, Ohio y Pensilvania), que en 2012 favorecieron a Obama, votaron por Trump en 2016. No fue por tolerancia racial que votaron por Obama, sino por el deseo de romper con la negligente administración de George W. Bush.
“Este extraño brebaje de legítima rabia, racismo ignorante, años de una guerra interminable y xenofobia alimentada por los medios de comunicación, fue explotado por Trump. Las elecciones de 2016 fueron un concurso impulsado por la ira, el miedo y la desesperanza como insípidas opciones ofrecidas por el sistema de bipartidista en quiebra”, concluye Zigedy.
Diciembre 12 de 2016.