CAE LA DERECHA PERO CRECE EL NEOFASCISMO
Por Manuel E. Yepe
“Decadencia y neofascismo son dos conceptos de difícil definición aunque esenciales para entender la realidad actual, sus presencias abrumadoras, sus fronteras borrosas los hacen a veces invisibles a los ojos. ¿Dónde termina el autoritarismo burgués y comienza el
neofascismo?, ¿cómo diferenciar a un proceso de decadencia de una gran turbulencia muy persistente o de un fenómeno de corrupción social muy extendido?”
Así escribió poco antes de morir el pensador, economista y marxista argentino Jorge Beinstein.
El neofascismo emergente hoy en Estados Unidos tiene raíces en el “supremacismo blanco” que se remonta a los tiempos en que el esclavismo era el pensamiento predominante entre los colonos ingleses británicos, por supuesto con influencias de varios nuevos elementos ideológicos más.
Actualmente, en la mayoría de las economías europeas, desde las mayores y más fuertes hasta las más pequeñas y débiles, se nota –salvo en contadísimas excepciones- un incremento de la fuerza electoral de las derechas.
En el otro lado del espectro, recurriendo a la violencia, nos enfrentamos a una ola de movimientos de derecha extrema, para los cuales el término neofascismo parece ser la designación más apropiada. Para intentar comprender lo que está sucediendo, es importante recurrir a una perspectiva histórica. Todos estos movimientos reaccionarios comparten ciertas similitudes en términos de clase. La base política militante de Trump se calcula en alrededor del 25 al 30% del electorado. Se ubica en el estrato medio-inferior, con ingresos familiares de unos $ 75,000 al año. Es un sector de la población muy blanco y que se encuentra en una posición de extrema inseguridad económica. Su ideología es nacional-imperialista y de un acendrado racismo.
Gran parte de este grupo demográfico, además, está asociado con el evangelismo de derecha lo que, en muchos aspectos, lo asemeja al Brasil que apoya a Jair Bolsonaro.
Dentro del bloque neofascista invariablemente domina la esfera económica. El capital es el nexo primero y más importante. El valor principal de Trump -para la clase dominante- radica en el hecho de que la derecha radical, ha sido capaz de entregar valor agregado a los ricos, al tiempo que ha eliminado los obstáculos para el dominio del mercado sobre todos los aspectos de la sociedad.
Por lo tanto, si se observa en detalle el programa de Trump, se aprecia que muchas de sus características ideológicas son acordes con las del estrato blanco inferior medio (nacionalismo, racismo, misoginia, antisocialismo, etc.), pero la habilidad política de Trump ha sido aprovechar estas ideologías regresivas como medio de movilización y poder político.
De ahí que la consigna qué da cohesión a su base social sea la construcción de un muro a lo largo de la frontera mexicana y que los nuevos centros de detención – más bien campos de concentración- simbolicen que se está librando una guerra contra los inmigrantes pobres.
Pero las políticas económicas de la administración Trump tienen poco que ver con las demandas de su base social. Trump ha acrecentado el poder del capital monopolista financiero, les ha brindado enormes exenciones de impuestos y subsidios a los más ricos y a las grandes empresas; ha promovido la desregulación económica y ambiental; ha socavado los sindicatos; está privatizando la educación; expande el estado penal; destruye los pocos avances realizados en materia de atención médica y está en una guerra constante por la hegemonía estadounidense.
La desaparición de los países del bloque soviético y el colapso de la socialdemocracia han desarmado a esta izquierda. En cierta medida, la extrema derecha ha llenado ese vacío político simulando enfrentar a las élites dominantes.
A pesar de su retórica populista, la derecha radical defiende directamente el orden actual, lo que incluye impulsar una política neoliberal de austeridad que ha perdido toda legitimidad.
Bajo el lema de hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande nuevamente, conducen a los elementos neofascistas contra el propio estado liberal en pleno estancamiento.
Para la izquierda, los desafíos son mucho más complejos. En su seno se aprecian dos opciones: las políticas socialdemócratas diseñadas para salvar al capitalismo en un compromiso fatal con el neoliberalismo y, de otro lado, un verdadero movimiento hacia el socialismo que supone un largo camino revolucionario contra el capitalismo en su etapa superior imperialista.
La socialdemocracia, como estrategia, ha demostrado ser cada vez más disfuncional y ha capitulado una y otra vez ante el estado neoliberal, cuando los movimientos socialistas genuinos no han sido capaces de enfrentarse de manera clara y total al régimen capitalista. Noviembre 18 de 2019.
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