Manuel E. Yepe. HACIA EL TRIUNFO DE LENIN MOREN0 EN ECUADOR

HACIA EL TRIUNFO DE LENIN MOREN0 EN ECUADOR
Por Manuel E. Yepe

El prominente intelectual brasileño, de orientación marxista, Emir Sader, ha llamado a los pensadores progresistas de América Latina a valorar la importancia de que las próximas elecciones presidenciales en Ecuador conduzcan al triunfo del candidato Lenin Moreno, que representa la corriente progresista que ha apoyado al actual presidente Rafael Correa.
El principal contrario de Moreno es el más rico banquero del país, Guillermo Lasso, que tiene el respaldo de Estados Unidos y la derecha oligárquica ecuatoriana.
Sader señala que “en la recta final de la campaña presidencial de Ecuador, cuando se decide si el país continuará en su rumbo
progresista o se sumará a los gobiernos de restauración neoliberal, un grupo de intelectuales latinoamericanos y de otros continentes ha lanzado un manifiesto que critica al gobierno de Rafael Correa, a propósito del tema ambiental en la Amazonia.
Más allá de la justicia o no del reclamo, más allá de la mayor o menor importancia del tema, de lo que se trata es del futuro del país. Por un lado está la candidatura de Lenin Moreno, apoyado por Alianza País y por Rafael Correa. Por el otro, el más rico banquero del país, Guillermo Lasso.
No puede haber dudas del significado de cada una de las candidaturas. No puede haber dudas, salvo con un grado altísimo de mala fe, de que la victoria eventual del candidato opositor representará la
devastación de los grandes avances conquistados por Ecuador así como, además, la devastación de la Amazonia y de los pueblos que la habitan. No puede haber dudas de que cualquier acción que debilite al gobierno de Correa hace inequívocamente el juego a la derecha ecuatoriana y suma votos a la oposición de derecha –única fuerza en Ecuador y en todos los otros países con gobiernos progresistas en América latina– que tiene aliento para aspirar a gobernar y desmontar todo lo conquistado por el pueblo ecuatoriano.
Sólo puede resultar de una concepción hipócrita o equivocada de la ultraizquierda, según la cual hay que derrotar a los gobiernos progresistas, aliándose a quien sea, para que esas fuerzas puedan tener alguna posibilidad de ocupar un espacio en el campo político. Se trataría, según Emir Sader, de una perspectiva aventurera. “Basta mirar hacia Argentina y hacia Brasil para darse cuenta de cómo la derrota de los gobiernos progresistas ha abierto espacio para los peores retrocesos en la historia reciente de esos países, incluso en el tema ecológico, que esos intelectuales supuestamente defienden. “Es hora de que los intelectuales que gozan de algún espacio en la esfera pública asuman su responsabilidad política, si no quieren ser definitivamente asimilados a la derecha y aparecer haciendo el juego a la restauración conservadora en América latina. Por lo cual serán condenados públicamente como corresponsables de esos retrocesos. “Aislar el tema ecológico de la disputa mayor en todo el continente entre fuerzas progresistas, anti neoliberales, y fuerzas
conservadoras, neoliberales, es actuar incluso en contra de las tesis que dicen defender. De ese gran enfrentamiento depende el futuro de esos países y del mismo continente. Depende la situación de los derechos sociales del pueblo, dependen los derechos al empleo y al salario de los trabajadores, depende la protección del medio ambiente, depende la soberanía o el sometimiento externo de nuestros países”, afirma el prestigioso intelectual marxista.
Si no quieren aparecer sumando fuerzas con la derecha, que busca vengarse por los derechos conquistados por el pueblo, no deben dejarse llevar por demandas sectoriales, corporativas, deben saber subordinar esos temas al enfrentamiento más grande, que define el futuro de nuestros países. Deben hacerlo para poder mantener el rango de intelectuales progresistas sin ser tildados de francotiradores, que disparan en contra de las fuerzas que son el dique de contención en contra de la contraofensiva conservadora feroz que la derecha despliega hoy en los países que tuvieron el coraje de desafiar los intereses y las fuerzas de la derecha latinoamericana.
Sader aclara que no dirige su apelación a intelectuales de otras regiones, porque seguramente ellos no conocen la realidad
latinoamericana concreta y no se dan cuenta de las consecuencias. No obstante, Sader sí les pide “no sumarse a pronunciamientos sin comprender cómo su actitud repercute en los enfrentamientos políticos centrales que se dan en nuestros países”.
“Ser de izquierda es sumarse a las fuerzas que resisten a los intentos de restauración conservadora que ya devastan Argentina y Brasil, y amenazan caer sobre Ecuador; es fortalecer la candidatura de Lenin Moreno. En cambio, sumarse a formas de debilitamiento del gobierno de Rafael Correa es ser connivente con el amenazador retorno del neoliberalismo”, concluye Emir Sader.
Enero 12 de 2017.

HABÍA UNA VEZ EN USAMÉRICA

HABÍA UNA VEZ EN USAMÉRICA
Por Manuel E. Yepe

Entre las múltiples versiones acerca del origen, desarrollo y perspectivas de la victoria electoral de Donald Trump en EEUU, está una que, por novedosa y diversa en su enfoque, me parece digna de ser tenida en cuenta por el lector ávido de objetividad.
Me refiero al punto de vista que defiende el historiador y sociólogo ruso radicado en Moscú Boris Kagarlitsky, prolífico autor de libros sobre la historia de la Unión Soviética y Rusia, así como acerca del surgimiento del capitalismo globalizado. Kagarlitsky es jefe de redacción de la revista en línea Rabkor.ru (el Trabajador) y director del Instituto sobre globalización y movimientos sociales, de Moscú. Kagarlitsky relata en un artículo que publicó en Estados Unidos la revista Counterpunch en su número de 23 de noviembre de 2016, que la ola de comentarios que levantó el inesperado desenlace de la elección refleja el desconcierto de los expertos y los ideólogos ante la nueva realidad, que se niegan a entender.
De repente –dice el escritor ruso- los liberales de Occidente y sus émulos de Rusia se dieron cuenta de la naturaleza nada democrática del sistema electoral indirecto de Estados Unidos que ellos han venido aceptando por su valor nominal. Antes de que fuera contada la última votación, cundió en ellos el pánico y luego argumentaron que dado que fue Clinton quien ganó el voto popular, no podría considerarse legítima la Presidencia de Trump.
Organizaron protestas contra unos resultados electorales que, según su propia admisión anterior, no eran violatorias de las normas
constitucionales. Olvidaron convenientemente que así aceptaban dócilmente las falsificaciones que anteriormente ayudaron a Hillary Clinton a negar la nominación a su adversario Bernie Sanders. Resentidos con el sistema del Colegio Electoral, llamaron a sus miembros, en una petición para la que reunieron más de 3 millones de firmas, a ignorar la voluntad de los votantes en sus respectivos estados y votar por la Clinton. Esto, más que una convocatoria sin precedentes a golpe de estado, pareció un grito de desesperación. Por el contrario, los conservadores, tanto en Estados Unidos como en Rusia, estaban eufóricos aunque algo confundidos porque, aunque todos anunciaban el triunfo del magnate estadounidense desde hacía varios meses, su victoria fue inesperada.
Todo parece indicar que con el recién electo gobierno de Trump ninguno de los grandes problemas sociales de EEUU se resolverá. No porque faltara disposición para ello, sino porque no parece tener clara idea de la existencia de tal problemática y piensa que bastará con crear unos cuantos millones de empleos y elevar un poco los sueldos. No parecen tomar en cuenta, dice Kagarlitsky, que la combinación del crecimiento económico con problemas sociales no resueltos es la receta más segura para una revolución.
Si Trump como Presidente tuviera éxito en la solución de los problemas económicos, aunque lograra ser parcialmente exitoso en el cumplimiento de sus promesas y planes, ello no cancelará la urgencia de una modernización social a gran escala, con sistemas de educación y de salud universales y asequibles, la extensión de los derechos sindicales y la expansión del sector público.
La campaña de Bernie Sanders demostró que las clases más bajas de la sociedad están dispuestas a consolidar sus objetivos económicos independientemente de lo que digan los “defensores de las minorías”. Después de la capitulación del senador progresista su base social no le siguió, siguieron a Trump.
En el contexto ideológico ruso, la victoria de Trump ha minado ambos discursos dominantes: el liberal y el conservador.
Por otro lado, se nos promete que nada nuevo sucederá; que los Estados Unidos y el resto del mundo continuarán moviéndose en la misma dirección después de una pausa de cuatro años. Que sólo tenemos que sobrevivir este tiempo desagradable.
Por desgracia, los autores de tales pronósticos se equivocan otra vez. No habrá ni Apocalipsis, ni vuelta al pasado. La victoria de Trump no es el resultado de una desagradable coincidencia; es el resultado de una crisis social y económica sistémica en el contexto de un modelo capitalista de desarrollo completamente agotado. No es que el sistema colapsará debido al éxito de Trump, sino que su éxito ha sido causado por el colapso del sistema. Volver a la trayectoria de la
liberalización global no es imposible.
Las historias de una inminente represión totalitaria a que Trump someterá a las mujeres y las minorías diversas son simplemente absurda y falsa propaganda por los liberales, que lo utilizó para asustar al público estadounidense, pero sólo tuvo éxito en la elaboración de sí mismos en un estado de histeria pánico.
Con respecto a Rusia, la lección americana es muy simple. Si el movimiento de izquierda seriamente aspira a desempeñar un papel en la política real, no imaginaria, debe romper con ilusiones liberales y el discurso correspondiente, concluye Kagarlitsky.
Diciembre 26 de 2016.

TRUMP Y LA ECONOMIA ESTADOUNIDENSE

TRUMP Y LA ECONOMIA ESTADOUNIDENSE
Por Manuel E. Yepe

Según una reciente encuesta Gallup, los estadounidenses tienen expectativas relativamente altas para la economía con el Presidente electo Donald Trump. Más del 60% cree que el régimen de Trump mejorará la economía y creará nuevos empleos.
Aún más sorprendente es que el índice de las expectativas de consumo que habitualmente calcula la Universidad de Michigan se haya situado en noviembre en un elevadísimo 93.8, señalando una notable mejoría en la actitud de los consumidores respecto a la economía en su conjunto, todo ello resultante de un marcado repunte de optimismo como corolario de los recientes comicios.
Son resultados particularmente significativos que confirman no sólo que en las elecciones de noviembre la economía encabezó la lista de temas priorizados, sino también que (como lo ratifica una encuesta llevada a cabo por Edison Research) el 60% de los votantes consideraba que el país transitaba por un camino errado y casi la misma proporción estimaba que la economía no iba bien, o andaba mal. Uno de cada tres votantes pronosticaba que, para la próxima generación, la vida empeoraría.
De hecho, los comicios fueron un referéndum sobre el manejo de la economía por el gobierno de Barack Obama y un 60 % de los encuestados consideró había sido un fracaso, algo que ahora hay que analizar a la luz de las protestas que estallaron en varias partes del país acusando a los votantes por Trump de votar por un racista.
Pero, a juicio de Mike Whitney, periodista norteamericano de origen australiano radicado en el estado de Washington y uno de los autores del libro “Desesperanza: Barack Obama y la política de la ilusión”, no es cierto que la mayoría de los votantes por Trump lo haya hecho en muestra de aprobación al movimiento nacionalista blanco sino que lo hicieron por quien pudiera cambiar políticas económicas que han sido destructivas para sus intereses.
En otras palabras, las elecciones fueron un referéndum sobre el manejo por Obama de la economía y un 60 % de los consultados consideró que fue un fracaso. Estos resultados también sugieren que de haberse pronunciado Obama debidamente respecto a temas como estancamiento de los salarios, reducción de ingresos, deuda estudiantil o inseguridad económica generalizada, Hillary Clinton probablemente sería Presidente hoy. La victoria fue para quien prometió un cambio fundamental en la conducción económica.
Según Steve Bannon, asesor y estratega jefe de la campaña de Trump, el Presidente-electo necesitará ahora de una coalición fuerte para apoyar la reactivación económica y política que impulse el crecimiento que se requiere.
Bannon sostiene que los gobiernos demócratas destruyeron la clase obrera estadounidense y crearon una clase media en Asia. La cuestión consiste en captar aquello que perdieron los demócratas: el 60% de los votos blancos y el 40 % de votos negros e hispanos.
“Estamos impulsando un plan de infraestructura de billones de dólares. Con tasas negativas de interés en todo el mundo, es la mejor oportunidad para reconstruirlo todo, incluyendo astilleros y obras de siderurgia. Va a ser algo tan emocionante como lo ocurrido en la década de 1930, más grande que la revolución de Reagan, con los conservadores unidos a los populistas formando un solo movimiento nacionalista económico.
“Vamos a derrotar a la clase política corrupta y construir una coalición que gobernará durante 50 años”, proclama Bannon.
“El plan de Trump no es realmente un plan de infraestructura. Es un plan de recorte de impuestos para beneficio de la industria y del sector de la construcción, y un plan de bienestar corporativo masivo para los contratistas. En vez de financiar directamente nuevas carreteras, puentes, sistemas de agua y aeropuertos, como se planteara en la propuesta de infraestructura de Hillary Clinton en 2016, el plan del Trump proporciona exenciones de impuestos a inversores privados con proyectos de construcción rentables. Es un plan que subvenciona a los inversores, no a los proyectos”.
Oculto dentro del plan están disposiciones para debilitar la protección de los salarios vigente en los proyectos de construcción, el socavamiento de los sindicatos y, en definitiva, la erosión de las ganancias de los trabajadores. Puede darse por seguro que las normas ambientales serán vaciadas en aras de la aceleración de los proyectos. “Estas convocatorias público-privadas no son más que trucos para que las grandes empresas chupen dinero del gobierno. No ayudan ni a la economía ni a los trabajadores”, denuncia Whitney.
El plan económico de Trump todo lo que hace es mejorar un poco el PIB mientras billones de dólares son transferidos a las cuentas bancarias de gigantescas empresas cómplices de Wall Street.
Diciembre 19 de 2016.

EL VERDADERO ALCANCE DEL BLOQUEO A CUBA

EL VERDADERO ALCANCE DEL BLOQUEO A CUBA
Por Manuel E. Yepe

Quienes alegan que Cuba exagera la gravedad de los daños que a su pueblo causa el bloqueo dispuesto hace más de sesenta años por el gobierno de Estados Unidos contra la Isla (calificado eufemísticamente de “embargo” en la prensa occidental) están, de alguna manera, haciéndose cómplices del objetivo criminal básico de esa política de inspiración genocida.
La fundamentación original del bloqueo la dio el seis de abril de 1960 Lester D. Mallory, Vice Secretario de Estado Asistente para los Asuntos Interamericanos, en un memorándum secreto del Departamento de Estado desclasificado en 1991, que fue incluido en la página 885 del Volumen VI del Informe del Departamento de Estados de Estados Unidos de 1958 a 1960 que textualmente dice:
“La mayoría de los cubanos apoyan a Castro… el único modo previsible de restarle apoyo interno es mediante el desencanto y la
insatisfacción que surjan del malestar económico y las dificultades materiales… hay que emplear rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que, siendo lo más habilidosa y discreta posible, logre los mayores avances en la privación a Cuba de dinero y suministros, para reducirle sus recursos financieros y los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del Gobierno”.
Está claro que la estrategia ha consistido, durante las casi seis décadas transcurridas, no solo en llevar hambre y miseria al pueblo cubano, sino también y sobre todo, en hacer ver que la causa de tales desventuras ha estado siempre en la ineficiente gestión del gobierno cubano y no en las “sanciones” de Washington.
De ahí que quienes, deliberadamente o por ignorancia, restan importancia al bloqueo, o simplemente lo consideran un pretexto de las autoridades cubanas para justificar sus propias deficiencias y errores, se convierten en cómplices de esta política de EEUU. El bloqueo a Cuba parece irracional, pero no lo es tanto si se le entiende como medio para el logro de un objetivo criminal definido: frustrar la voluntad a de la mayoría de los ciudadanos de un país empeñada en ejercer la soberanía de su patria.
Además, el bloqueo contra Cuba tiene la característica de que incluye la persecución, a veces despiadada, de quienes intentan evadirlo en cualquier terreno, incluso en los más inusitados.
Quienes cuestionan la real intensidad del bloqueo económico, financiero, comercial, mediático, político y cultural que ha sufrido el pueblo de Cuba por más de medio siglo como castigo unilateral de la superpotencia por su afán de defender su independencia y soberanía nacional, no tienen más que acceder al testimonio de un muy
prestigioso intelectual franco-ibérico, Ignacio Ramonet, acerca de lo que le ha costado escribir lo que le dicta su conciencia sobre la vida y el pensamiento del líder de la revolución cubana, Fidel Castro, a los largo de muchos años.
En un artículo publicado en el sitio digital “Rebelión” con título de “La dictadura mediática en la era de la post-verdad”, Ramonet aporta, -movido por el hecho de que la muerte de Fidel Castro ha dado lugar a la difusión de innumerables infamias contra el líder cubano en algunos grandes medios de prensa- su testimonio personal sobre otro aspecto poco o nada conocido del bloqueo contra Cuba cuyos azotes a él le ha tocado vivir.
“La represión contra mi persona empezó en 2006, cuando publiqué en España mi libro Biografía a dos voces o Cien horas con Fidel, fruto de cinco años de trabajo y centenares de horas de conversaciones con el líder de la revolución cubana. El diario El País de Madrid, en el que hasta entonces escribía regularmente, me sancionó y cesó de publicarme sin ofrecerme explicación alguna. No se volvió a reseñar un libro mío, ni se hizo nunca más mención alguna de actividad intelectual mía. Un historiador del futuro que buscase mi nombre en las columnas de ese diario deduciría que fallecí hace una década.”
Lo mismo ocurrió en el diario La Voz de Galicia, donde también escribía desde hacía años una columna semanal. A raíz de la edición de mi libro sobre Fidel Castro, y también sin la mínima excusa, me reprimieron. Dejaron de publicar mis crónicas. De la noche a la mañana: censura total. Al igual que en El País jamás, a partir de entonces, la mínima alusión a cualquier actividad mía. Tratamiento de apestado.
Lo ocurrido a Ignacio Ramonet, aunque indignante, no es algo novedoso. Luego de que el prestigioso sociólogo estadounidense Charles Wright Mills escribió en 1960 su libro Escucha Yanqui (Listen Yankee), a raíz de una entrevista con Fidel Castro en Cuba, sufrió un período de silenciamiento y un acoso por el FBI que muy probablemente fue causa de su prematura muerte a los 46 años de edad por crisis cardiaca. Varios han sido los intelectuales eminentes que han sufrido
“sanciones” en todo el mundo desde entonces por escribir o hablar de Cuba honestamente.
Y téngase en cuenta que el bloqueo afecta de manera análoga a todas las esferas de la producción, el saber y la vida cotidiana.
Diciembre 15 de 2016.

ELECCIÓN SORPRENDENTE Y CONTRADICTORIA

ELECCIÓN SORPRENDENTE Y CONTRADICTORIA
Por Manuel E. Yepe
Exclusivo para el diario POR ESTO! de Mérida, México.
https://manuelyepe.wordpress.com/

Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 tuvieron un resultado sorprendente y revelaron una contradicción evidente. Donald Trump, un multimillonario voraz, dirigirá los asuntos del país más poderoso del mundo tras obtener el triunfo contando con los votos de una parte sustancial de la clase obrera de la nación norteamericana. “En una sociedad racional, la ascensión democrática al poder de un matón tiránico, vulgar y orgulloso capitalista con la anuencia e incluso el apoyo de una clase trabajadora desesperada, no podría jamás ocurrir. Pero Estados Unidos no es una sociedad racional”. Así lo constata con clara óptica marxista el analista norteamericano Zoltan Zigedy.
Desde su fundación por pudientes comerciantes y abogados, Estados Unidos ha dispuesto de características institucionales para enfrentar y vencer cualquier posible movimiento electoral capaz de desafiar a los ricos y poderosos. La “separación de poderes” en tres modos de gobierno, la equilibrada tensión entre potencia y poder federal de los estados que componen la Unión, el extraño engendro del “Colegio Electoral” y el evolucionado sistema bipartidista, prácticamente aseguran una república inmune a cualquier cambio radical o una insurgencia electoral.
Los principales avances democráticos (el final de esclavitud, el sufragio femenino y el fin oficial de la segregación, entre otros) han obtenido sus triunfos en el campo de batalla y en las calles, no en cabinas de votación. Todo ello, unido a que dos grandes partidos son propiedad del capital monopolista, prácticamente garantiza que los trabajadores tengan una voz menor en los asuntos del Estado. Los trabajadores estadounidenses han sufrido por la fuga de capitales a mercados extranjeros con mano de obra barata y por la
desindustrialización resultante de este éxodo. La facilidad con que los capitales pueden moverse hacia objetivos que requieren menos mano de obra y tienen menores costos, así como diversos avances en la logística industrial, han atrapado a los trabajadores de la nación estadounidenses en una especie de tijeras entre la pérdida de los empleos y los radicales recortes en los salarios y beneficios. Añádanse a ello los efectos del colapso económico 2007-2008, y se tendrán las razones por las que el núcleo industrial de la clase obrera de Estados Unidos ha sido devastado, afirma Zigedy.
Las ciencias sociales han documentado el dramático aumento de los suicidios, el alcoholismo y la drogadicción que han afectado a la clase obrera estadounidense durante la última década. Lo que es singular en este momento es que los trabajadores blancos también han sentido el peso del abandono de la manufactura por el capital en Estados Unidos. En el pasado, la política corporativa de “últimos contratados, primeros despedidos” y otras barreras racistas habían aislado a los trabajadores blancos de los peores efectos de las políticas laborales y las crisis. Las minorías y las mujeres radicaban fuera del centro de trabajo y como regla absorbían los impactos. Pero hoy, las ventajas de los blancos se han deteriorado en las condiciones de la empresa hiperexplotadora del siglo XXI. Con la amenaza del comunismo temporalmente debilitada, el capitalismo global no necesita sobornar con privilegios a la clase obrera blanca tanto como lo hacía en el pasado. En consecuencia, buena parte de los trabajadores blancos también sufren los efectos económicos de saqueo corporativo, enfatiza Zigedy.
Como era de esperarse, los trabajadores blancos respondieron de maneras diferentes y contradictorias. Muchos volvieron a viejos patrones de búsqueda de chivos expiatorios, culpando a los negros, las mujeres y los inmigrantes por la pérdida de sus puestos de trabajo y su decrecimiento económico. Otros culpan a las elites de ambos partidos y sus políticas por permitir, o incluso alentar, el desmantelamiento de las fábricas en Estados Unidos, la exportación de sus puestos de trabajo y la destrucción de comunidades en el medio oeste norteamericano. “Por supuesto algunos adoptaron ambas
respuestas”, apunta el analista.
Todo esto enajenó al partido demócrata -el partido político que grandes masas de trabajadores identifican como suyo- el apoyo de una gran cantidad de trabajadores blancos que habían votado anteriormente dos veces por Obama y ahora cambiaron su voto.
Muchas comunidades predominantemente blancas de antiguas fortalezas industriales (Wisconsin, Michigan, Ohio y Pensilvania), que en 2012 favorecieron a Obama, votaron por Trump en 2016. No fue por tolerancia racial que votaron por Obama, sino por el deseo de romper con la negligente administración de George W. Bush.
“Este extraño brebaje de legítima rabia, racismo ignorante, años de una guerra interminable y xenofobia alimentada por los medios de comunicación, fue explotado por Trump. Las elecciones de 2016 fueron un concurso impulsado por la ira, el miedo y la desesperanza como insípidas opciones ofrecidas por el sistema de bipartidista en quiebra”, concluye Zigedy.
Diciembre 12 de 2016.

LA MANIPULACIÓN DE LOS TERMINOS EN POLÍTICAS

LA MANIPULACIÓN DE LOS TERMINOS EN POLÍTICAS
Por Manuel E. Yepe

La manipulación del significado de ciertos términos en la evaluación de los procesos políticos es un elemento esencial de la propaganda imperialista estadounidense. No es algo que maneje un partido o el otro, es parte de la estrategia de propaganda que lleva a cabo la élite del poder que verdaderamente gobierna en los Estados Unidos, esa que nadie elige pero que impone modas y maneras a la información y la publicidad a escala global.
Vocablos como libertad, democracia, derechos humanos, y muchos otros se aplican con deliberada reiteración a su propio ordenamiento político y social, siempre con una fuerte carga de connotaciones laudatorias.
Sobre algunos de estos términos asumen la posición de árbitros y custodios, reservándose la facultad de calificar, respecto a ellos, cualquier ordenamiento ajeno y así reprobar a los que difieran del modelo que conviene a su política exterior.
Acuñan términos como dictadores, terroristas y extremistas que aplican contra dirigentes políticos a quienes valora inconvenientes u hostiles a la hegemonía estadounidense.
Tan alto grado de penetración ha llegado a lograr con su abrumadora propaganda mediante la imposición de términos acuñados al efecto, que no es extraño encontrar en cualquier país de América Latina a personas sencillas que digan con convicción: “Fidel Castro habrá sido un dictador, pero yo estoy de acuerdo con todo lo que él ha dice y hace”. (Una tonada colombiana que se popularizó por todo el continente en los años 60 del pasado siglo decía: “…si las cosas de Fidel son cosas de comunista, que me pongan en la lista, que estoy de acuerdo con él”). El término democracia ha sido probablemente el más injuriado por su apócrifo uso a lo largo de la historia. En la Grecia antigua surgió como calificativo de un sistema de gobierno ejercido por el pueblo, pese a que el ordenamiento político que distinguía admitía la esclavitud y excluía de la sociedad a los esclavos.
Pero jamás en la historia otro imperio había abusado de manera tan pertinaz del uso de la palabra democracia para inyectar valores aparentes a su autoestima nacional y para proyectarse desdeñosamente sobre las demás naciones, como el gobierno estadounidense actual. Hay términos prácticamente excluidos del lenguaje mediático que utiliza la gran prensa al referirse a las motivaciones de los movimientos populares. Sobresalen por su ausencia los que se identifican con aspiraciones nacionales como independencia,
autodeterminación, patriotismo y soberanía, así como otros que reflejan aspiraciones sociales populares como lucha de clases, igualdad, revolución, rebeldía y muchas más.
En cambio, han retomado el término populismo, que se utilizó en las ciencias sociales a mediados del pasado siglo para calificar políticas “inflacionarias”, “irresponsables” y “aventureras” que, para lograr el apoyo popular, incurrían en concesiones sociales
incompatibles con las sutilezas de la economía y las finanzas. Lo refieren ahora a gobernantes populares y queridos por sus pueblos como los venezolanos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, el boliviano de Evo Morales y el ecuatoriano de Rafael Correa o el nicaragüense Daniel Ortega. Y lo insinúan puntualmente para calificar a los demás líderes independentistas, como para llamarles al orden cuando actúan en forma que de alguna manera amenace intereses de los explotadores.
Cuando se habla de derechos humanos, limitan el término a los derechos civiles e ignoran los sociales, económicos, laborales, alimentarios, educativos y a la salud, tan humanos como aquellos. Desafían la lógica y la semántica cuando manipulan en sus lemas palabras de significado contradictorio con la orientación política de sus objetivos, como transición, cambio, y hasta revolución.
Contra Cuba, han pretendido desplegar una campaña usando el término cambio con un sentido contrarrevolucionario, obviando el hecho de que la revolución cubana ha sido y sigue siendo la fuente de inspiración de los cambios actuales en Latinoamérica.
Pretendiendo descalificar su camino socialista, acusan a Cuba de adoptar soluciones capitalistas para sus problemas económicos, como si el mercado, le fuera exclusivo al capitalismo y no hubiera existido mucho antes que éste.
Se hace el juego al imperio cuando se le concede derecho de propiedad sobre ciertos términos de los que se ha apropiado o pretende apropiarse para describir, identificar o nombrar categorías que no son exclusivos de su orden social como son sociedad civil, desarrollo humano e incluso el mercado, que puede servir, y de hecho sirve también, al socialismo.
En Occidente, los medios han connotado al término comunismo con un sentido tan peyorativo que se cuenta que, antes de 1959, cuando aún se luchaba contra la tiranía de Fulgencio Batista, un combatiente cubano declaró: “Nos acusan de ser comunistas y, en verdad, comunistas son ellos, los batistianos y los yanquis”.
Diciembre 8 de 2016.

DONALD TRUMP Y EL FIN DEL INTERVENCIONISMO

DONALD TRUMP Y EL FIN DEL INTERVENCIONISMO
Por Manuel E. Yepe
Exclusivo para el diario POR ESTO! de Mérida, México.
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Muchos observadores de la política internacional asocian a los Clinton -Bill y Hillary- con el auge del intervencionismo, en especial del llamado “intervencionismo humanitario”, violenta proyección
imperialista de Estados Unidos que también permeó los períodos de gobierno de Barack Obama e hizo disminuir su aprobación popular interna, internacional e histórica.
Ciertamente, los grandes descalabros militares y los penosos desastres humanitarios que provocaron en Kosovo, Irak, Libia y Siria, contribuyeron a la derrota de Hillary Clinton por Trump pero han propagado un pronóstico – sin dudas precipitado- del obligado fin de la era actual de intervencionismo y el comienzo de otra nueva de aislacionismo en la política exterior de EEUU.
Según Marwen Bouassida, periodista tunecino residente en Cartago, la victoria de Trump en la puja por la presidencia de Estados Unidos se aprecia en el Medio Oriente como una liberación, una esperanza de cambio y una ruptura con la política belicista de Clinton, Bush y Obama. Una política que, oculta en el subterfugio de la
“reconstrucción nacional”, ha destruido algunas de las más antiguas naciones y civilizaciones de la tierra y para nada ha contribuido al bienestar de estos pueblos dejando en cambio miles de personas muertas en Yugoslavia, Irak, Libia o Siria.
La naturaleza selectiva de las intervenciones humanitarias refleja su naturaleza punitiva. Las sanciones se dirigen siempre contra regímenes que no le son incondicionales a la superpotencia; las intervenciones humanitarias son castigo disfrazado de ayuda; demuestran no ser más que una nueva excusa para imponer las ambiciones hegemónicas de Estados Unidos y sus aliados; han sido el nuevo fundamento para la existencia de la OTAN después del derrumbamiento de la Unión Soviética, y son una forma de atacar a Rusia y privarla de sus zonas de influencia.
Una propuesta con visión de futuro surgida en su Cumbre de La Habana en el año 2000 del Grupo de los 77 -coalición de los países del tercer mundo- formuló, en evidente rechazo de la doctrina de Clinton de 1999, un enérgico rechazo a cualquier intervención humanitaria que no respete la soberanía de los estados afectados. Enunciada a raíz de la guerra de Kosovo, la doctrina de intervención humanitaria se convirtió en la nueva fachada de la política exterior de Estados Unidos, y fue usada reiteradamente por Hillary Clinton durante su mandato como Secretaria de Estado.
Pero la derrota de Hillary Clinton y la elección de Trump no son razones suficientes para pronosticar una próxima disminución del intervencionismo.
Según Boussida, Trump es un nacionalista cuyo ascenso ha sido el resultado de una coalición anti-intervencionista dentro del partido republicano que profesa una política exterior que se basa en la utilización de la fuerza militar sólo en casos de vital necesidad para la seguridad nacional de Estados Unidos, “poniendo fin a los intentos de imponer la democracia derrocando a regímenes en el extranjero, ni participar en otras situaciones en las que no tenemos derecho a intervenir.”
Incluso presidentes en ejercicio pueden cambiar su política en el curso de su mandato, como lo hiciera George W. Bush que era un conservador republicano opuesto al intervencionismo y su política cambió tanto en el ejercicio del gobierno que llegó a ser uno de los más agresivas y brutales regímenes en la historia de la nación. Aun no están claros los vínculos de Trump con los neo-cons. Los más conocidos, Paul Wolfowitz, William Kristol y Robert Kagan, parecen haber perdido fuerza por haber apoyado la candidatura de Hillary. Pero otros, menos importantes o influyentes, parecen haber ganado por su apoyo a Trump: Dick Cheney, Norman Podhoretz y James Woolsey, su asesor y uno de los arquitectos de las guerras en el Medio Oriente, quien fuera Jefe de la CIA en el gobierno de Clinton y se unió a la campaña de Trump en los recientes comicios.
En este contexto, la derrota de Hillary Clinton y las promesas de no intervención de Trump no son razones suficientes para suponer que ha legado el fin de una era y el inicio de otra caracterizada por la disminución del intervencionismo.
El no intervencionismo prometido por Trump no equivale por necesidad a una política aislacionista. No intervenir no significa que Washington deje de proteger sus intereses estratégicos o de otro tipo en el extranjero. Podría significar que sólo intervendrá en el extranjero para defender sus propios intereses y no los de sus aliados. Es más realista suponer que mientras Estados Unidos tenga intereses en otros países del sur, no dudará en intervenir.
“Pretextando llevar bienestar, la intervención humanitaria ha entregado miseria; en lugar de valores liberales, ha galvanizado recelo religioso; en vez de democracia y derechos humanos, ha instalado autocracias”, según sentenció el periodista Bouassida. Diciembre 5 de 2016.

Manuel E. Yepe. Y FIDEL NUNCA TRAICIONÓ A SUS COMBATIENTES

Y FIDEL NUNCA TRAICIONÓ A SUS COMBATIENTES
Por Manuel E. Yepe
“Transmítele a todos los combatientes nuestros de la provincia de Matanzas que yo les garantizo que Fidel no les traicionará. Fidel no traicionará jamás a Abel ni a Boris, ni a ningún revolucionario cubano porque llevará la revolución hasta el final. ¡Pueden sentirse seguros!”
Así me dijo a mediados de noviembre de 1958, en la ciudad de Miami, Haydee Santamaría Cuadrado, una de las dos mujeres participantes en el fallido Asalto al Cuartel Moncada de Santiago de Cuba que dio inicio a la etapa actual de la revolución conducida por Fidel Castro. La posibilidad de que Fidel Castro nos traicionara jamás me había pasado por la mente y creo que difícilmente podría haber entonces algún combatiente cubano -en la guerrilla o en la lucha clandestina- que temiera algo así. En todo caso, nos preocupaba, en aquellos difíciles tiempos, que alguno de nosotros flaqueara a causa de las torturas en caso de ser capturado o por el temor que pudiera inspirarnos la superioridad de los recursos de guerra de la policía y el ejército de la tiranía frente a nuestros escasos medios materiales de combate.
Cuando Haydee hablaba de la eventualidad de que Fidel nos traicionara, se refería al tipo de felonía cometida por tantos falsos líderes “revolucionarios” que, luego de convocar a la lucha a lo mejor de la juventud de sus países, una vez triunfantes, abandonaban los empeños y promesas a cambio de corruptelas tales como el depósito de gruesas cuentas bancarias en bancos de Estados Unidos o Europa, convirtiendo a sus valientes y confiados seguidores en blanco de violentas
represalias por parte de las clases dominantes y el imperio. Yeyé, como todos llamaban a Haydee, tenía motivos para extremar el odio a la tiranía y el cuidado por impedir que la revolución sufriera la traición de sus conductores.
Tras ser hecha prisionera al fracasar el asalto al Moncada, Haydee tuvo que soportar la crueldad de sus sanguinarios captores quienes le mostraron los ojos recién extraídos de su hermano Abel, segundo jefe del contingente revolucionario asaltante aquel 26 de julio de 1953, y los testículos de su novio, Boris Luís Santa Coloma, uno de los jóvenes patriotas atacantes.
El motivo de mi viaje clandestino a Miami y mi encuentro con Yeyé, quien por esos tiempos representaba en el exilio cubano al Comandante en Jefe del Ejército Rebelde y máximo dirigente del Movimiento 26 de Julio, Fidel Castro, era hacer las precisiones finales para el traslado subrepticio a Cuba de un cargamento de armas para los contingentes que luchaban en la provincia de Matanzas, por donde la columna encabezada por el comandante Camilo Cienfuegos habría de pasar hacia el occidente de la isla completando la invasión que daría al traste con la tiranía.
El Movimiento 26 de Julio en la provincia de Matanzas había recaudado para ese fin, mediante donaciones populares a su organización clandestina local, unos seis mil dólares que, con el apoyo de recursos adicionales aportados por las organizaciones del exilio, propiciaron ejecutar ese envío que, en diciembre, llegó a Cuba oculto en dos vehículos cedidos y conducidos por colaboradores y voluntarios. Los automóviles viajaron en el ferry que entonces rendía viajes regulares desde Cayo Hueso al puerto de La Habana y de ahí conducidos a Matanzas por combatientes clandestinos para ser finalmente recibidos por los rebeldes que operaban en zonas rurales de la provincia.
Haydee Santamaría Cuadrado formaba parte de una familia de
combatientes revolucionarios de extraordinaria valía. Su hermano Abel, como ya se indicó, fue segundo jefe del contingente que dio inicio a la etapa actual de las guerras revolucionarias cubanas por la independencia. Aldo, su otro hermano, fue fundador del Movimiento 26 de Julio en Matanzas, alcanzó el grado de Comandante del Ejército Rebelde y, entre otras responsabilidades, desempeñó la jefatura de la Marina de Guerra Revolucionaria. Aida y Ada, sus dos hermanas, lucharon igualmente en las filas de la insurrección armada.
En 1953, después del asalto al cuartel Moncada, al ser internada en la cárcel para mujeres de la tiranía, Yeyé escribió a su madre a modo de consuelo por el asesinato de su hijo Abel:
“Abel no nos faltará jamás. Piensa que Cuba existe y Fidel está vivo para hacer la Cuba que Abel quería. Piensa que Fidel también te quiere, y que, para Abel, Cuba y Fidel eran la misma cosa, y Fidel te necesita mucho”.
Por eso, hoy, cuando los revolucionarios latinoamericanos y de todo el mundo acompañan el dolor del pueblo cubano por la desaparición del más grande revolucionario en la historia de Cuba he querido recordar otra de las virtudes del compañero Fidel, su lealtad a sus leales.

Noviembre 28 de 2016.

EL TRIUNFO DE TRUMP

EL TRIUNFO DE TRUMP
Por Manuel E. Yepe

En el preámbulo de las elecciones presidenciales 2016, las élites de los partidos demócrata y republicano no pensaban que el asunto sería algo más que el negocio acostumbrado. El próximo presidente de la nación exhibiría, inevitablemente, el apellido de una de las familias que han gobernado antes, Bush o Clinton, y la vida en la superpotencia de América seguiría siendo capitalista neoliberal, sin grandes cambios, como en las últimas tres décadas.
Pero no resultó así. Quedó fehacientemente demostrado que pese a que todos los demás factores del poder se mantenían iguales, la población del país no quiere más de lo mismo. La gente quería algo nuevo y diferente en la nación que presume de ser modelo de democracia para el planeta.
Ya en la etapa previa del proceso se puso de manifiesto que “el horno no estaba para galleticas” cuando en cada uno de los partidos tradicionales se destacaron disidencias inesperadas que hicieron evidente que el fenómeno no era cosa de ajustes cosméticos sino de cirugía profunda. Donald Trump y Bernie Sanders, identificados respectivamente como “la derecha de la derecha” y “la izquierda de la izquierda”, según los patrones de calificación política
estadounidenses, acapararon el apoyo de las mayorías republicanas y demócratas.
La campaña de Bernie Sanders cayó víctima de la maquinaria del partido demócrata que, insensible a la tendencia manifiesta insistió en la figura de Hillary Clinton que más tarde cayó en una pelea en la que ella representaba precisamente el sufrido pasado. La alternativa era el multimillonario, populista y demagogo Donald Trump quien, sin un resuelto apoyo del establishment republicano y con buena parte de las principales figuras de esa formación política en su contra, y resultó electo pese a su demostrada condición de racista, sexista, abusador y blanco sistemático de burlas en los medios.
Aunque en apariencias sobrevive el sistema bipartidista de demócratas y republicanos, la victoria de Trump ha constituido para éste una verdadera hecatombe. El estilo directo y populachero del ahora Presidente electo, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, muy distinto del tono habitual de los políticos estadounidenses, le ha dado un carácter de autenticidad a los ojos del sector más decepcionado del electorado de derecha.
El candidato republicano supo identificar la presencia de lo que puede llamarse una “rebelión de las bases” y la ruptura cada vez mayor entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, de una parte, y la base del electorado conservador, de la otra. Su discurso contra Washington y Wall Street cautivó a los electores blancos menos cultos y a los sectores empobrecidos por los efectos de la
globalización económica, beneficiosa para las corporaciones. Trump llegó a decir que él no estaba compitiendo contra Hillary sino contra los deshonestos medios de prensa. Este enfrentamiento al poder mediático le enajenó simpatías en el sector periodístico pero de atrajo apoyo de votantes exhaustos de los desmanes de los medios corporativos de comunicación.
Mejor que nadie, Trump percibió la fractura cada vez más amplia entre las élites políticas, económicas, intelectuales y mediáticas, respecto a la base del electorado conservador.
Trump no es un ultraderechista convencional. Él mismo se define como un “conservador con sentido común”. No censura el modelo político en sí, sino a los políticos que lo han estado orientando. Su discurso es emocional y espontáneo. Apela a los instintos, no al cerebro, ni a la razón. Habla para esa parte del pueblo estadounidense en la que ha cundido el desánimo y el descontento. Se dirige a la gente cansada de la política tradicional y promete traer honestidad al sistema y renovar nombres y actitudes.
Los medios han dado mucha difusión a sus declaraciones y propuestas más extremas, como la de que prohibiría la entrada al país de musulmanes y expulsaría a los 11 millones de inmigrantes ilegales latinos y construiría un muro fronterizo de más de tres mil kilómetros para impedir la entrada de inmigrantes latinoamericanos cuyo costo de unos veinte mil millones de dólares correría a cargo del gobierno de México.
Trump ha declarado que el matrimonio de un hombre y una mujer es “la base de una sociedad libre” al criticar la decisión del Tribunal Supremo que considera un derecho constitucional el matrimonio entre personas del mismo sexo; ha apoyado las “leyes de libertad religiosa” impulsadas en varios Estados para denegar servicios a las personas LGTB; ha dicho que el cambio climático es un concepto “creado por y para los chinos, para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad”.
En verdad, podría decirse que Trump no ganó sino que quienes perdieron fueron Hillary Clinton y los demócratas.
Noviembre 14 de 2016.

QUÉ IMPORTA LA VIDA DE LOS NEGROS EN EEUU

QUÉ IMPORTA LA VIDA DE LOS NEGROS EN EEUU
Por Manuel E. Yepe
El primero de agosto de 2016 surgió formalmente en Estados Unidos el movimiento “Por las vidas de los negros” (M4BL por sus siglas en inglés), una coalición de más de 60 organizaciones que lanzó una plataforma programática descrita por expertos como los primeros signos de lo qué los jóvenes activistas negros “realmente quieren”. El documento fue titulado “Una visión por la vida de los negros: Demandas de políticas por un poder negro, libertad y justicia” y en él se establecen seis demandas que se definen como encaminadas a poner fin a todas las formas de violencias e injusticias padecidas por los negros en Estados Unidos, resumidas así: reorientar los recursos asignados a las cárceles y los militares hacia la educación, la salud y la seguridad de la población; creación de una economía justa y democráticamente controlada, y asegurar a los negros el poder político que les corresponde, en el marco de una democracia
verdaderamente inclusiva. Para respaldar estas demandas se incluyeron, por separado, cuarenta propuestas y treinta y cuatro definiciones de políticas, con abundantes datos, contextualizaciones y recomendaciones legislativas.
La plataforma programática del M4BL fue prontamente atacada en los medios corporativos de prensa, en particular por su texto sobre Palestina, que define a Israel como un estado de apartheid y caracteriza como genocidio su actuación en Gaza y Cisjordania. En un artículo publicado el 2 de septiembre por el diario Boston Review el periodista Robin D. G.Kelley señaló que la plataforma del M4BL y su larga lista de demandas han sido erróneamente vistos como alternativas a la plataforma del partido demócrata por quienes pretenden equivocadamente reducir la agenda del movimiento a la lucha por frenar la violencia policial contra los afronorteamericanos, El movimiento negro en Estados Unidos posee un extenso historial de lucha por la justicia económica, los derechos de inmigrantes, la equidad de género y el fin de los encarcelamientos masivos, causas que sigue reivindicando.
“Una visión por la vida de los negros” fue producto de un año de discusión colectiva, investigación, colaboración e intenso debate, convocado por el movimiento negro en Cleveland en julio pasado, que inicialmente reunió a treinta diferentes organizaciones con la participación de algunas de las mentes más preclaras del país. Se formaron grupos de trabajo, reuniones múltiples, se buscó orientación de las organizaciones de base, y de los ancianos para una serie de conocimientos. Actualmente, más de sesenta organizaciones y cientos de expertos han contribuido a la plataforma.
El resultado, según aseguran los principales organizadores, es que, más que una plataforma, ha resultado un plan extraordinario de transformación social que está siendo leído y discutido por una extensa gama de personas dentro y fuera del movimiento. Las demandas no son remedios para enmendar el sistema existente sino metas alcanzables llamadas a producir profundos cambios estructurales y mejorar las vidas de todos los estadounidenses y gran parte del mundo, afirma Kelley.
No se trata simplemente de reinvertir el dividendo de la paz en las estructuras sociales y económicas existentes. Es cambiar esas estructuras, razón por la cual “Una visión por la vida de los negros”, enfatiza el control comunitario, la libre determinación y la propiedad colectiva de ciertas instituciones económicas. Llama al control comunitario sobre la policía y las escuelas, al presupuesto
participativo, al derecho a organizarse, al apoyo financiero e institucional de las cooperativas y las políticas de desarrollo equitativo basadas en las necesidades humanas y en principios comunitarios de participación en vez de los del mercado.
Aboga por la democratización de las instituciones que han regido las comunidades negras durante décadas sin rendición de cuentas que aseguren una paz permanente, y pongan fin a las relaciones de sometimiento, subordinación y vigilancia. Y al insistir en que estas instituciones estén más atentas a las necesidades de los más marginados y vulnerables, la gente trabajadora y los pobres, los desamparados, los ex encarcelados, discapacitados, mujeres y la comunidad LGBTQ, “Una visión por la vida de los negros” enriquece la práctica de la democracia en Estados Unidos. Donde tanta falta hace.

Octubre 24 de 2026